La paz de Cristo

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Como un mar en tempestad es el alma de los que no han considerado a Dios en sus vidas. ¿Cómo está tu alma?

“Pero los impíos son como el mar en tempestad, que no puede estarse quieto, y sus aguas arrojan cieno y lodo”, Isaías  57:20

No todas hemos vivido la experiencia de encontrarnos en una frágil embarcación en medio de un mar picado, pero seguramente todas hemos visto en algún tipo de documental a través de la televisión la forma en que se encrespa el mar en tiempo de huracanes. Olas de hasta 15 o 20 metros de altura se levantan desafiantes, imponentes, amenazando con arrasar furiosamente en tierra firme todo cuanto se encuentre a su paso. Ese es un panorama aterrador que enfría el alma del más insensible de los mortales.

La Palabra de Dios nos recuerda que “los impíos son como el mar en tempestad”. De esta forma se encuentra el alma de aquellas que no han considerado a Dios en sus vidas. Detrás de esa simulada paz interior que en apariencia disfrutan, lo que encontramos en realidad es un alma en turbación, angustiada, vacía y arrastrada por el del pecado. Quien no tiene a Cristo no tiene paz en su corazón, no hay tranquilidad en su vida, sino perplejidad, inquietud, confusión, ofuscamiento y total desconcierto.

Es por eso que la mujer que no tiene a Dios no puede estarse quieta, anda de acá para allá tratando desesperadamente de callar sus temores interiores y no importa cuánto dinero posea, cuánta fama, belleza, propiedades o todo lo que el mundo ofrece, siempre brotará del manantial de su alma las aguas turbias del pecado.

La mujer sólo podrá encontrar la paz verdadera cuando entregue su vida al Señor Jesucristo; él dijo en Juan 14:27, “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo”. E Isaías 26:3 nos dice: “Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado”.

Oración: Padre, ruego por aquellas amigas que a falta de conocerte llenan sus vidas de todo tipo de placeres y deleites buscando saciar el vacío que solo tú puedes llenar. Permítenos ser tu instrumento o envíales mensajeros que le prediquen el evangelio de salvación. En el nombre de Jesús, amén.

Por Carmen García de Corniel

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