La oración incrementa nuestra dependencia en Dios

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Tenemos que estar amarrados tan cerca de Jesús que se convierta en nuestro propio respirar.

“Yo soy la vid… porque separados de mí nada podéis hacer.” – Juan 15:5

Unos años a tras decidí sembrar un árbol de manzana. Ordené un árbol diminuto de manzana, el cual parecía una vara con una hoja… por eso le llamamos amorosamente “La vara de manzana”. Unos años pasaron y mi pequeño árbol de manzana todavía lucía como una vara con una hoja. No estoy segura si creció más. Ciertamente no le salieron más ramas ni tampoco manzanas. No sé exactamente cuánto tiempo tuvimos esa vara de manzana y en algún momento fue cortado. Fue el final de tratar de sembrar un árbol. La única cosa que crece en mi jardín son las malas hierbas y cardos. 

Yo no sé nada acerca de árboles así que cuando leí pasajes de las Escrituras que se hacían referencia a la botánica me hacía sentir un poco fuera de lugar.

En Juan 15 Jesús nos dice que Él es la vid y nosotros somos las ramas. Si queremos dar fruto debemos permanecer en Él, porque fuera de Él no somos capaces de hacer nada.

Me gusta cuando Jesús se vuelve intenso y va al punto, ¿pero qué quiere decir Él con esas palabras?

Permanecer

El permanecer significa vivir o descansar en algo o alguien. Jesús lo dijo muy claro que necesitamos descansar en Él. Necesitamos hacer nuestro hogar en Él. Tenemos que estar amarrados tan cerca de Jesús que se convierta en nuestro propio respirar.

Y la razón por la cual esto es tan importante es porque ¡apartados de Él no podemos hacer nada!

¿No les parece esto un poco extraño? Soy capaz de hablar y caminar sola. Puedo ir a la tienda, tomar decisiones, interactuar con la gente, manejar mi carro, divertirme con mis amigas, comer y respirar aun si no estoy pensando en Jesús. Cuando veo alrededor de mí la mayoría puede hacer todas estas cosas y mucho más. Aun aquellos que odian a Dios. ¿Así que de qué está hablando Jesús cuando dice “fuera de mi no puedes hacer nada”?

Todas las cosas vienen de Dios

Como seres humanos tenemos este hábito increíble de pensar más alto de nosotros. Pensamos que somos autónomos y que podemos hacer cualquier cosa que nos propongamos hacer. Pero en realidad toda habilidad que tengamos y todo lo que poseemos viene de Dios, el dador de todas las cosas (Santiago 1).

Las habilidades motoras de un cirujano, el dominio del pensamiento analítico de un programador de ordenadores, el corazón compasivo de un trabajador social, incluso los huesos sanos y músculos fuertes que obtenemos al ejercitarnos son, en última instancia, dones que Dios nos ha dado.

Él es el que nos da cada aliento que tomamos a lo largo de todos los días (Hechos 17:25). Esto también va para nuestra vida espiritual. Él es el que dio vida a nuestros muertos corazones, reviviendo con Su poder (Ezequiel 36:25-27). Él nos da valor y significado. El que nos sostiene hasta el final (Filipenses1:6) y nos ayuda a pelear la tentación. Él es quien nos levanta una vez más.

Ahora, ¿qué tiene que ver todo esto con la oración? 

La oración es una de las maneras principales en las que permanecemos. Es allí donde incrementamos nuestra dependencia en Dios porque entendemos que sin Él no podemos hacer o ser nada. Este conocimiento de dependencia causa que corramos a Él para todo.

Prácticamente esto se ve así: si algo difícil viene a nuestras vidas, debemos de correr a Dios primero antes de correr a nuestra familia y amigos. Si algo emocionante y bueno sucede, debemos de ir a Dios en agradecimiento antes de mandarle un texto a nuestros amigos. Cuando necesitamos ayuda o consejo, le pedimos a Dios por guía antes de llamar a nuestros padres. Y cuando estamos heridos o tristes, lloramos a nuestro salvador antes de ir a alguien más.

“Así como es el negocio de sastres el hacer ropa y el de los zapateros reparar los zapatos, para los cristianos nuestro deber es orar.” -Martín Lutero

Lutero tiene la razón. Es nuestro deber como hijos de Dios ir a nuestro padre por todas las cosas. Esto nos lleva a permanecer en Jesús y crea una mayor dependencia de a quien le debemos nuestra vida y todo lo que contiene.

Por Jen Thorn

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