La “Machaira” mortal

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Así como un soldado romano nunca iría a una batalla sin su espada, nosotros tampoco podremos vencer al enemigo sin usar la nuestra.

Pasaje: Efesios 6:10-18

Versículo clave: “Y tomad el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios” (V.17)

El enemigo la vio a la distancia y se estremeció. De todas las espadas que un soldado Romano podía usar, ésta era la más mortal. La “machaira” podía medir hasta 48 centímetros de largo, pero por lo general era más corta, pareciéndose más a una daga y por consiguiente era empleada en combate de cerca. Su cuchilla era afilada por ambos lados y era encorvada en la punta, causando que el tope de la cuchilla fuese sumamente afilado y mortal. Después de apuñalar a su enemigo, y antes de remover la cuchilla, el soldado tomaba la espada firmemente y la torcía, halando las entrañas de su oponente mientras la espada era removida. Una imagen nada bonita.

Feroz. Imperdonable. Mortal. Así era la “machaira” para sus enemigos.

Y ese era el tipo de espada que Pablo anticipaba cuando se refería a la Palabra de Dios mientras describía la Armadura de Dios. La palabra Griega “machaira” que describe a esta espada tan potente se menciona varias veces en el Nuevo Testamento y siempre se refiere a la Palabra de Dios y el juicio que trae al enemigo (Efesios 6:17; Hebreos 4:12; Apocalipsis 1:16; 2:12) al igual de ser un instrumento de la ira de Dios (Apocalipsis 2:16; 19:15).

Acabo de regresar de estar buscando Biblias en mi casa para ver cuántas “machairas” tenemos.  Conté nueve versiones impresas de la Biblia. También tenemos un programa de estudio Bíblico que incluye todas las traducciones de la Palabra de Dios, numerosos comentarios y diccionarios (cargados en tres computadoras y una tableta), al igual que el programa de YouVersion el cual lo tenemos en mi celular y los Ipods de mis hijas. Hasta dónde yo sé, y según Pablo, los Holbrooks estamos extremadamente armados y somos muy peligrosos.

Pero… ¿la conocemos?

En Efesios 6:10, el Espíritu Santo nos recuerda quién es nuestro enemigo verdadero: no es nuestra salud, la economía, Irán, Rusia, Corea del Norte o políticos corruptos. Aunque estas fuerzas sean muy oscuras, ellas no son más que instrumentos usados por una fuerza aún mayor, el príncipe de este mundo y su ejército:

“Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (V.12).

Me temo que tenemos la tendencia a olvidar esto.

He notado últimamente que no muchos escritores Cristianos hablan de las grandes batallas espirituales que enfrentamos cada día. Debemos, por seguro, escribir sobre la gracia, el perdón, así como también animar a nuestros amigos creyentes a caminar en pureza y amor.

Me encanta escribir sobre estos temas.

Pero hoy quiero hablar de guerra.

Si usted ha nacido de nuevo, está lleno del Espíritu Santo y tiene la seguridad de ir al cielo, usted está en guerra. Y aunque nuestra victoria final ha sido ganada por Cristo en la cruz, estamos involucrados en batallas del corazón, la mente y el alma cada día. Los días del diablo están contados y nunca he visto Cristianos siendo más atacados que en los últimos dos años.

Satanás está socavando nuestros esfuerzos, trabajando en debilitar nuestra fe, destruir nuestras familias y presionando para robarnos las mentes de nuestros hijos. Sin mencionar las fuertes batallas espirituales que nuestro país y el mundo enfrentan, mientras que contemplamos el incremento minuto tras minuto del relativismo moral y ataques en contra de judíos y cristianos. Por lo tanto, si nuestras Biblias descansan en nuestros escritorios, sin abrir, al final del día nos convertimos tan vulnerables como un soldado desarmado. Nos convertimos en presa fácil para el enemigo.

Jesús mismo nos mostró cómo pelear la batalla en contra del enemigo cuando Él fue tentado por Satanás en el desierto. Tres veces tentó el diablo a nuestro Señor. Tres veces usó Jesús la “machaira” contra el enemigo. Citando pasajes encontrados en Deuteronomio y Salmos, Jesús hizo que el diablo huyera por medio de la Palabra de Dios (Mateo 4:7-11)

¡Práctica, práctica, práctica!

Escuchamos esta palabra una y otra vez por medio de entrenadores, maestros de música y mamás y papás por todos lados. Uno no puede dominar nada si no practica.

Lo mismo es verdad con respecto al manejo de esta arma que poseemos. Debemos leerla cada día; debemos recitarla cuando nos sentimos oprimidos. Debemos enseñarles su verdad a nuestros hijos y animarlos a tomar notas cuando la Palabra de Dios les habla directamente a sus corazones. La única manera que podremos manejar nuestra arma de guerra con éxito es si la estudiamos, la conocemos de corazón y la aplicamos a nuestra vida.

Irresistible

Definición: demasiado poderoso o convincente para ser resistido. Sinónimo: incontrolable, abrumador, insuperable, irreprimible.

Para el mundo, la Palabra de Dios puede ser temporalmente resistible. Digo temporalmente porque sabemos que un día “toda rodilla se doblará y toda lengua confesará que Él es Dios”.

Para las fuerzas oscuras, sin embargo, Su palabra siempre ha sido y será por siempre irresistible y abrumadora. Un cristiano que conoce su Biblia y la usa a diario es peligroso para el enemigo. Si manejamos nuestra Biblia de la manera que Dios intenta que la manejemos, con autoridad y poder, podemos reprender los ataques de Satanás y descansar bajo la sombra y la protección del Altísimo (Salmos 91).

Así como un soldado romano nunca iría a una batalla sin su espada, yo había decidido hace tiempo que yo manejaría mi “machaira” cada día, aprendiendo cómo usarla para encontrar la victoria a través de cada prueba y batalla. Tengo notas por toda la casa que contienen versículos que me mantienen afianzada a Su verdad. Escucho música de alabanza durante los días más oscuros llenando el aire con la Palabra de Dios. Mientras más la leo, la estudio y aplico su verdad a mi vida, más mortal se convierte frente a la oscuridad que yo enfrento. Es mi posesión más preciada. Mi arma. Mi protección. Mi mapa.

Gracias Dios, por Tu Palabra.

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