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La gracia

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¿Por qué buscar riquezas temporales cuando ya puedo disfrutar de las eternas?

“Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos”, 2 Corintios 8:9

Esta es la carta del consuelo. En los primeros textos aparece nueve veces consolación, consolar. Sin embargo, hay un gran tesoro en el escogido para hoy. Habla de la gracia que empobrece y enriquece.

La gracia es una expresión del amor divino. Es el amor en descenso. Podemos decir que gracia es el amor que obliga a Dios a descender para amar a quien no es digno de ser amado. De ahí que una gran mayoría de textos que hablan de gracia están situados, como este, en un entorno de descenso. Fluyó del corazón de Dios en el plan de redención, establecido desde antes de la creación (2 Timoteo 1:9). Por esa determinación divina, cuando vino el cumplimiento del tiempo, la gracia se hizo visible en la Persona de Jesús. El Verbo eterno se encarnó y con Él llegó el torrente divino del amor hasta nosotros (Juan 1:14).

El texto enseña que para hacerlo posible el Señor se hizo pobre. Pero, ¿cuál era esa pobreza? ¿Acaso dejó de ser el dueño de todo lo creado? ¿Perdió Su condición divina al hacerse hombre? De ningún modo. Jesús es el Dios eterno en forma humana. Hablar de pobreza en relación con Dios es entender que Él dio cuanto tenía y no podía dar más. El Señor dio Su vida, ¿qué más tenía? Sorprende ver que esa pobreza la asumió voluntariamente. Nadie le obligó a hacerse hombre, a vivir despreciado, a morir en una cruz. Fue amor voluntario que se hace pobre con un propósito: enriquecernos a nosotros.

Mira ahora la riqueza. Dios nos ha hecho lo más grande que pudiéramos pensar. No sólo perdonó nuestros pecados y nos dio vida eterna, sino que nos hizo Sus hijos, miembros de Su familia, adoptados en Jesús (Juan 1:12). Nos ha elevado a la condición de sacerdotes suyos para ofrecer sacrificios espirituales (2 Pedro 2:5). Nos ha hecho santos al ponernos en Cristo y darnos poder santificante para vivir una vida de santidad en un mundo corrompido, no por nuestras fuerzas sino por la suya (Filipenses 2:13). Nos ha enriquecido en el amor comunicándonos el Suyo para que amemos a todos, primero a Él, luego a la familia, a los hermanos y aun a los enemigos (Romanos 5:5).

Ha  enriquecido nuestros momentos difíciles. En las pruebas y angustias que se producen estamos siempre rodeados de Su amor. Pone una mesa de aliento y comunión cuando estamos rodeados de angustiadores (Salmo 23:5). Cuando tenemos preguntas sin respuestas, nos enriquece al saber que Su pensamiento y Sus caminos son más altos que los nuestros, por eso no podemos entender la respuesta Suya a nuestras preguntas (Isaías 55:8-9).

Cuando atravesamos un valle amedrentador, envuelto en sombra de muerte, ésta desaparece para el que habita “al abrigo del Altísimo y mora bajo la sombra del Omnipotente” (Salmo 91:1). Sí, nos ha enriquecido por medio de Su pobreza. Mira en esta misma carta cómo en medio de las lágrimas disfrutamos de esa riqueza, al decirnos: “Bástate mi gracia” (2 Corintios 12:9).

¿Por qué buscar riquezas temporales cuando puedo disfrutar de las eternas?

Oración: Señor, ayúdame a vivir hoy bajo la gloria de tu gracia. En el nombre de Jesús, amén.

Samuel Pérez Millos

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