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La constancia de Dios

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El amor que Dios tiene por nosotros no se basa en lo que hagamos, por lo tanto no cambia.

Una de las características más tristes de la vida en la tierra es el enigma del divorcio. ¿Cómo es posible que dos personas que una vez estuvieron llenas de amor mutuo se conviertan en encarnizados adversarios? La triste realidad es que las personas no solo cambian, sino que su personalidad se puede transformar tan drásticamente que se convierten en personas muy distintas de lo que una vez fueron.

Es natural suponer que también Dios es inconstante. Los antiguos griegos y romanos inventaron y adoraron dioses que eran como ellos: excéntricos, vengativos, hipócritas y poco fiables. Un gran regalo que le da el verdadero Dios es que él es firme como una roca.

Santiago dice en 1:17, “En el cual [Dios] no hay mudanza ni sombra de variación”. Eso significa que el amor que Dios tiene por usted no se basa en lo que usted haga, sino en la inconmovible decisión que él hizo en su mente divina desde la eternidad.

Cuando esté tratando de encontrar el sentido de lo que ocurre a su alrededor, cuando los eventos dolorosos de su vida lo tienten a concluir que Dios está ausente o que no tiene poder, que es lejano o condena, recuerde que el inalterable propósito que él tiene para usted nunca flaqueará. Él nunca dejará de amarlo. Y nunca se cansará de darle su misericordia y su perdón.

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