La confusión que nos puede acercar a la cruz

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¿Qué hacer cuando te encuentras frente a una bifurcación? ¿Cómo saber cuál de los caminos tomar?

Cuando estamos frente a una "Y", es decir, un lugar donde debemos escoger entre dos opciones y decidir sabiamente, por lo general hay una opción en la mente (lo que debe ser) y otra en el corazón (la que quiero); o sea, una más racional y otra más emocionante.

¿Te has detenido a pensar sin cuáles miembros del cuerpo podemos vivir? Podríamos perder un brazo, una pierna, un ojo, o cualquier otra parte del cuerpo, pero no podríamos continuar viviendo si nos cortaran la cabeza o nos quitaran el corazón.

Solo Dios tiene la capacidad de conectar ambas cosas (razón y emoción) y entonces, solo ahí encontraremos la decisión correcta, representada en una cruz.

La cruz personifica a Dios mismo renunciando a Sus propios intereses por el bien común. Entregando Su vida –en la persona de Jesús– por la humanidad, recibiendo el castigo de mis pecados.

Igual ocurre con nosotras, siempre hay dos opciones, no solo hoy, ¡siempre!

Mi invitación es a que cuando nos encontremos frente a una “Y”, pensemos cuál de las decisiones representa “mis” intereses, cuál representa un bien común, cuál le beneficia a usted y cuál puede beneficiar a otros a través suyo.

Tal vez las dos opciones cumplen los requisitos, simplemente debemos pensar ¿cuál de las dos me acerca a, o me aleja de la cruz?

“Nada hagáis por egoísmo o por vanagloria, sino que con actitud humilde cada uno de vosotros considere al otro como más importante que a sí mismo, no buscando cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses de los demás. Haya, pues, en vosotros esta actitud que hubo también en Cristo Jesús, el cual, aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse sino que se despojó a sí mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y hallándose en forma de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2:5-8).

Por Diana Cardona de Figueroa

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