La confianza se construye con la fidelidad

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La fidelidad verdadera está vinculada directamente con la dimensión del amor que se siente por algo o alguien.

La fidelidad es un valor instrumental, es decir que acompaña al ser humano en su núcleo central y que lo orienta para el bien o para el mal. Hay una fidelidad auténtica, orientada al bien, al amor, a la familia, al cónyuge, a la amistad, al lugar de trabajo. Pero también hay una deformada o falsa fidelidad a causas o personas que conducen al mal. Por ejemplo, ser "fiel" a un grupo que hace daño a otros, a personas o "amistades" que se dedican a actividades ilícitas, deshonestas, a la mentira o al engaño.

La fidelidad verdadera está vinculada directamente con la dimensión del amor que se siente por algo o alguien. Entre más fuerte es el amor, mayor la fidelidad, entre más débil el amor, mayores posibilidades de abrir espacios al engaño, la traición, el abandono. Esta es una ecuación que poco falla.

El profesor Fernando Pascual señala que: "...no se ama para ser fieles, se es fiel para amar más y mejor. El amor construye la fidelidad para incrementar el amor. Podríamos decir que la fidelidad es solo un momento de paso del amor hacia el amor. Cuando llega la prueba, cuando se asoma otro hombre u otra mujer, cuando uno se cansa de sus hijos pequeños o de sus padres ancianos, es entonces cuando el pequeño amor que tengamos, nos ayuda a decir no a la deslealtad y sí a la fidelidad. Superada la prueba, el amor puede crecer, hacerse luminoso, limpio, radiante, capaz de suscitar envidia en quienes observan la vida de tantos hombres y mujeres que no ceden a la tentación de una trampa, porque en su corazón hay algo mucho más grande y más fuerte que la búsqueda de un placer provisional..."

Desde este razonamiento, cuando se manifiesta que la infidelidad ha crecido, cuando se señala que la fidelidad está en crisis, es seguramente porque el amor ha dejado de vivirse en toda su intensidad y en su verdadera dimensión.

El mundo de hoy ha banalizado muchos valores auténticos, los suele relativizar y hace que las personas crean que el disfrute pasajero, el engaño momentáneo y la infidelidad ocasional, no dañan ni lastiman a las personas que se aman. Pero lo cierto es que la infidelidad es una acción que muestra únicamente la debilidad del amor que se tiene, del poco respeto a sí mismo y hacia los demás, y de la ausencia de integridad de la persona que la asume.

Derrumbe de la confianza.

Cuando se evidencia la infidelidad, se provoca en las personas afectadas un derrumbe de la confianza y de la credibilidad. Donde antes existía seguridad y confianza, se desarrolla la duda y el temor. Es como que el piso donde se afirmaba la credibilidad y la seguridad desapareciera súbitamente y la persona se siente prácticamente "en el aire", sin nada en que asirse.

La deslealtad o infidelidad produce inicialmente un impacto devastador. En las parejas, la experiencia de una infidelidad es considerada como una de las pruebas más fuertes por las que se puede transitar. Las personas víctimas de infidelidad sienten una desilusión enorme, se hacen cientos de preguntas procurando explicaciones sobre causas y motivaciones. En ocasiones se suelen culpar por los fallos que eventualmente pudiesen haber cometido y que eventualmente provocaron la infidelidad de su cónyuge.

También es común que se experimente enojo, frustración, tristeza y depresión. Y es que el engaño descubierto hace aparecer e incrementar inseguridades y sensaciones de fracaso.

Una de las áreas más afectadas por la infidelidad es la voluntad para seguir adelante con las cosas cotidianas de la vida. Prevalece el desánimo, la desmotivación, el resentimiento. Una sensación de que el mundo se detuvo y que no hay esperanza hacia adelante.

Esperanza y confianza

Pero sí hay esperanza, restauración y nuevas oportunidades. La vida debe continuar y las personas y familias que reciben asesoramiento y acompañamiento adecuados suelen salir de estas difíciles pruebas más fuertes y seguras. La confianza perdida se logra recuperar cuando el vínculo conyugal se reafirma a partir de que la persona infiel tome plena conciencia de su falta, se arrepienta genuinamente y decida no errar más.

Las víctimas de la infidelidad podrán perdonar y deberán sanar sus heridas, no como un favor a la otra persona, sino por su propio beneficio, es decir, para liberarse de los resentimientos, rencores, temores, desconfianzas y tristezas que padece. Por supuesto que esto es un proceso que toma tiempo y que se consolida con voluntad y decisión. No ocurre mágicamente, ni hace que las faltas se olviden, pero el perdón libera definitivamente.

Pero también puede ser que la víctima de la persona infiel logre perdonar y decida no continuar con esa persona. Que considere que el amor que su pareja le tenía no era suficiente y que prefiera salir adelante sin ella. Esto es una posibilidad que toda persona infiel debe saber que puede ocurrir antes de cometer su falta. Saber que la integridad y la lealtad están fundamentadas en el amor auténtico y alejar las voces internas y externas que invitan a arriesgarse. Ceder a la tentación de un disfrute pasajero puede significar la pérdida de lo más preciado y valioso.

Por eso es que la confianza en la vida de pareja se construye con la fidelidad. Esta es la más hermosa de las sensaciones. Tener la certeza y la seguridad de contar siempre el uno con el otro. No fundamentar una relación en el temor o la inseguridad, en el control o la supervisión; sino en la certeza de que el amor conyugal es fuerte y vigoroso, que la decisión de ser fieles es una construcción permanente, un ejercicio libre de voluntad que hace crecer ese amor cada día y que convierte a la fidelidad en un valor que se abraza con convicción, en un estilo de vida que se disfruta permanentemente.

Por Jesús Rosales Valladares

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