La bendición oculta de la infertilidad

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Karen Swallow Prior comparte cómo su incapacidad para tener hijos se convirtió en la capacidad para hacer mucho más.

Hay cierta narrativa que domina la mayoría de las historias sobre la infertilidad. El sentimiento de abrumadora angustia y pérdida, sin importar los resultados, contrasta tan drásticamente con mi propia experiencia, que algunas veces tengo que recordarme a mí misma que yo también tengo una historia de infertilidad.

Ese término, estéril, puede ser el apropiado médica y técnicamente, pero no es la palabra que yo usaría para describir mi vida. Una amiga me pidió recientemente mi consejo para alguien que luchaba porque era estéril. “No estoy segura”, le dije, “porque yo realmente no lucho con eso en lo más mínimo”.

Aun cuando Dios no ha satisfecho el deseo que he tenido por muchos años de poder tener hijos, Él ha llenado mi vida con tantos otros regalos, que mi mayor lucha ha sido ser una administradora fiel en medio de tanta abundancia.

Yo tenía 26 años cuando mi esposo y yo hicimos a un lado los medios anticonceptivos.

Pero los hijos no vinieron.

Cuando me diagnosticaron endometriosis—la causa probable de mi incapacidad para concebir—me hicieron una cirugía correctiva. Mi doctor nos dijo que yo podía quedar embarazada en 6 meses.

Pero aún así, los hijos no vinieron.

Mi esposo y yo decidimos que otros procedimientos adicionales para concebir estaban fuera de consideración. Aunque somos Bautistas, nosotros creemos en los principios establecidos por la Iglesia Católica en Donum Vitae (“El regalo de la vida”) que distingue entre las intervenciones médicas que ayudan a la unión marital en la realización del embarazo y de aquellas intervenciones que substituyen el acto marital procreador.

Nosotros estamos de acuerdo con la distinción hecha por algunos especialistas en ética y teólogos cristianos entre la procreación y la reproducción: mientras que la reproducción se puede lograr en una variedad de maneras, la procreación ocurre dentro del misterio de dos cuerpos que se convierten en una carne y que producen otro cuerpo.

Éstas eran nuestras convicciones. Al adherirme a ellas, yo estaba lista para hacerle frente a lo que se perdería al hacerlo. Pero nunca me imaginé lo que se ganaría.

Gané quedar libre de la tiranía de las tecnologías reproductivas que hubieran transformado nuestro lecho marital en un sitio de fabricación; que hubieran convertido mi cuerpo en un depósito para las agujas, las hormonas artificiales y las drogas; y hubieran reducido el tiempo a una interminable serie de ciclos de 28 días.

Un amigo, que ha servido como pastor por años, ha visto muchas parejas estériles “que demandan el éxito. Cuando no lo alcanzan, se desesperan más sobre el fracaso del procedimiento que por la ausencia del hijo”. Tales fracasos del esfuerzo humano y de la tecnología, él dice, “pueden a menudo causar, incluso, mayor sufrimiento”. Nuestra decisión nos liberó de este sufrimiento potencial.

Pero gané algo aún más importante. Mis ojos—puestos en una dirección distinta a esta opción—estaban libres para ver las cosas que Dios estaba trayendo a mi vida. Si alguna vez me sentí inclinada a lamentarme por la carencia de hijos, Dios nunca me dio tiempo para hacerlo. Por cada ferviente súplica privada que he hecho ante Dios, Su respuesta ha sido una puerta diferente que se abría de golpe: una oportunidad para las misiones, una nueva asignación para escribir algo, un contrato repentino de un libro, un trabajo inesperado, una promoción no buscada, la oportunidad de cuidar a los padres en su vejez, un estudiante que necesita ayuda adicional, otra que me dice que soy su “madre verdadera”, u otra que acepta en su corazón mi consejo maternal, por fin.

Nunca perdí mi deseo de tener hijos, nunca dejé de guardar nombres preferidos en mi corazón—por si acaso. Pero, agradecidamente, perdí hace tiempo cualquier deseo de tener cosas que no han sido dadas claramente por la mano de Dios, cualquier cosa que no era un regalo bueno y perfecto que viene de lo alto (James 1:17).

La Biblia está repleta de historias de personas que tomaron en sus manos el tener hijos, en lugar de confiar en Dios y en Su tiempo propicio. Las consecuencias fueron devastadoras.

Hoy, según los Centros para el Control de Enfermedad de EE. UU., el 6 por ciento de las mujeres casadas, entre los 15 y 44 años de edad, son estériles. Si nuestras historias de infertilidad van a ser transformadas en narrativas de esperanza y sanidad, la iglesia debe enseñar a mujeres y hombres cómo ver y responder a la infertilidad (o a la soltería, o a la discapacidad, o a cualquier otra manera de vivir que no se alinea con las expectativas típicas de la sociedad) dentro de la realidad más amplia del evangelio.

Por supuesto, no todo el dolor de la infertilidad puede ser eliminado. Pero mucho de este dolor es perpetuado por una cultura—incluyendo la cultura de la iglesia—que no enfatiza lo suficiente la prosperidad que viene con la aceptación de nuestros límites, en lugar de insistir inútilmente en superarlos.

Al elegir aceptar la vida y los límites que Dios me ha dado, mi vida ha llegado a ser enriquecedoramente fértil.

­-Escrito por Karen Swallow Prior

 

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