Él cuida de ti, más de lo que imaginas

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En Cristo tenemos no solo lo que necesitamos, sino mucho más... como un banquete.

Quizá te hayas percatado de las múltiples ocasiones en que en la Biblia se usa la mesa, el banquete, la cena, para hablarnos a nivel espiritual. Una de las razones es que cuando compartimos con alguien la mesa, los alimentos, estamos entrando a otro nivel de relación. Cuando alguien nos invita a su mesa nos sentimos acogidos, sentimos que somos parte de una relación más cercana. ¡Dios hace lo mismo con nosotros!

David tuvo varios enemigos acérrimos, desde el rey Saúl hasta su propia familia. Sus hermanos lo menospreciaban y uno de sus hijos quiso usurparle el trono. En su trayectoria enfrentó traición, burlas, mentiras. Y sí, él también fue culpable de algunas de estas cosas: mintió, adulteró, fue cómplice de asesinato… No obstante, a pesar de la presencia de enemigos y de su propio pecado, él conoció y amó al Buen Pastor, el que prepara mesa para sus hijos y es más grande que todos los enemigos, por eso escribió en Salmos 23:5,  

«Tú preparas mesa delante de mí en presencia de mis enemigos; has ungido mi cabeza con aceite; mi copa está rebosando.» 

Si lees la historia del hijo pródigo (Lucas 15) encontrarás que su regreso a la casa del padre fue motivo de un gran banquete. ¡Y en el cielo también hay alegría cuando un pecador se arrepiente! (Lucas 15:10).

En el libro de Apocalipsis se nos habla de un banquete final, como ningún otro: 

El ángel me dijo: «Escribe: “¡Dichosos los que han sido convidados a la cena de las bodas del Cordero!”» Y añadió: «Estas son las palabras verdaderas de Dios» (Apocalipsis 19:9).

Si estás en Cristo, si has nacido de nuevo, ¡ya tu nombre está en la lista de invitados! Seremos parte de esa fiesta, una cena de bodas como ninguna otra.

¿Y mientras estemos de este lado de la eternidad? Bueno, Salmos 23:5 nos enseña que el Señor se ocupa de nuestras necesidades, incluso cuando hay dificultades y conflictos, incluso en presencia de los enemigos, porque nada es demasiado grande ni difícil para Él. Nosotros como hijos podemos disfrutar de paz en medio de las tormentas. De hecho, la segunda parte del pasaje habla de ungir la cabeza con aceite, y esa era otra manera en la que los pastores de ovejas cuidaban de ellas.

Al terminar el día, mientras iban entrando al redil, el pastor las revisaba y buscaba si había alguna herida o rasguño. Si ese era el caso, les ponía aceite para aliviarlas. También era costumbre ponerles aceite sobre la cabeza y los cuernos para alejar moscas e insectos. Además, parte de la rutina nocturna era dar agua a las sedientas y para ello el pastor sostenía un recipiente grande, con dos asas.

¡Cuántas veces al final del día Jesús hace lo mismo con nosotras! Llegamos rasguñadas, tal vez porque alguien nos dañó o porque fuimos testarudas y anduvimos entre espinos. Llegamos sedientas, sedientas de algo más que agua. Y ahí está el Buen Pastor, dispuesto a ungirnos con el aceite de su presencia y a saciarnos con el agua de vida eterna. ¡Tanto así que nuestra copa puede rebosar, desbordarse!  

En Cristo tenemos no solo lo que necesitamos, sino mucho más. Pablo nos lo recuerda en Efesios 3:20. David tenía esta convicción sobre su Pastor. ¿La tenemos nosotros? ¿Hemos entendido que en verdad nuestra copa ya está rebosando porque tenemos a Cristo? ¿Vivimos así o vivimos siempre anhelando más? ¿Más personas, más afectos, más cosas?  

Salmos 23 termina con una declaración de confianza: 

«Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida, y en la casa del Señor moraré por largos días.»

Muchos creen que David escribió este salmo en medio de la rebelión de Absalón. Un tiempo tormentoso. Sin embargo, las circunstancias no determinaban la convicción. A pesar de lo que sus ojos veían, el corazón estaba anclado en dos verdades: el amor de Dios y la certeza del futuro en su presencia.

Nosotros tenemos la muestra fehaciente del amor de Dios: Cristo. Dios nos probó su amor incondicional en la cruz y la certeza de su amor es motivo para confiar en que no importa qué circunstancias esté yo atravesando, Dios me ama y, por tanto, vivo segura en Él todos los días de mi vida (puedes leer más en Romanos 8).

Jesús nos prometió su presencia todos los días (Mateo 28:20), y además nos prometió un futuro eterno en su presencia (1 Juan 2:25). ¡Tú y yo moraremos, literalmente, en la casa del Señor para siempre! ¡Aleluya!

Gracias a Dios tenemos en Cristo el Buen Pastor que dio su vida por sus ovejas, que las cuida, las ama, las protege y las guía hasta llegar al destino final.

El mensaje de la Biblia es uno solo, y Cristo está presente en ella desde el principio hasta el final, porque ese es el plan de Dios, que le conozcamos y le demos a conocer.

 

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