Judas

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Al igual que Judas, todos tenemos que escoger entre el egoísmo y Jesús.

Judas amaba el dinero. ¡Treinta piezas de plata y Judas era capaz de derramar sangre! Sin embargo, Judas no era un criminal cualquiera. No era un perdido. No era un degenerado. Judas era miembro del círculo íntimo de Jesús. El conocía Sus enseñanzas. Había oído las palabras del Maestro. Había visto Sus milagros. Era el tesorero del conjunto que seguía a Jesús. Pertenecía al círculo íntimo.

Pero en su interior había una mancha, una marca, una quebradura. Exteriormente nadie quizás lo notaría. Pero en el fuero interno de Judas había un ídolo. Había algo que lo estaba corrompiendo. Había un dios extraño, y ese dios era el dinero.

Cuando llegó el momento de la tentación, Judas sucumbió. Y lo que había ocultado por tantos años, ese amor al dinero, lo corrompió y lo hundió. Llegó el día en que los líderes religiosos le ofrecieron treinta piezas de plata para que entregara al Maestro de Galilea. Y Judas lo hizo. Arrebató las monedas y entregó al Hijo de Dios. Él tuvo que tomar su decisión. Él había oído cuando Jesús dijo: No puedes servir a dos amos. No puedes servir a Dios y al dinero. O amas a uno y odias al otro, o viceversa (Mateo 6: 24).

Pero Judas quiso servir a ambos, y como resultado hundió su vida para siempre. En ese momento él tuvo que decidir entre el egoísmo avaro y Jesús. Y se quedó con el egoísmo. Y esa decisión lo hundió para siempre.

¡Que sombrío fue el final de Judas! Dice la Biblia que: “Entonces arrojó las piezas de plata en el Templo, y corrió a ahorcarse… quien ya está donde le corresponde estar”. (Mateo 27: 5; Hechos 1: 16-26)

Su lugar es el infierno.

¿Y usted? ¿Cuál será su decisión? Usted también tiene que escoger entre el egoísmo y Jesús. Reciba a Jesús. Desprecie el egoísmo. Rechace el pecado de su vida. Arrepiéntase. Confiésele su egoísmo a Dios. Ábrale su corazón al Hijo de Dios y entonces su lugar no será el infierno, sino el cielo. El cielo es donde está Cristo y donde estará usted con Él para siempre jamás. El cielo es la Casa de Dios (San Juan 14: 1-6). Hermoso, perfecto y feliz.

“y no habrá muerte, ni llanto, ni clamor, ni dolor” (Apocalipsis 21: 4).

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