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Jesucristo es el modelo supremo de humildad

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Como con Zaqueo, Jesús fija sus ojos en cada uno de nosotros y se acerca sin importar quiénes somos o el lugar donde estemos.

Probablemente conocerás la historia de Zaqueo, ese recaudador de impuestos tan odiado. No solo cobraba a la gente de su propio pueblo para dárselo a los romanos, sino que, además, les robaba haciéndoles pagar más de la cuenta (mira Lucas 19:1-10).

Así fue el encuentro de Zaqueo con Jesús, y esto es lo que hizo el Señor con él: “Cuando Jesús llegó a aquel lugar, mirando hacia arriba, le vio, y le dijo: Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy es necesario que pose yo en tu casa” (Lucas 19:5).

Es impresionante analizar esta historia, porque nos revela más acerca de la grandeza del amor del Padre por nosotros. Dios, en Su gran amor, dirigió Su mirada hacia la humanidad y envió a Su Hijo para salvarla. Sin embargo, esta pasión que Dios siente hacia las personas toma una dimensión incluso más profunda cuando vemos cómo Jesús levanta sus ojos hacia Zaqueo.

Que Dios se fije y se acerque a nosotros es ya un acto de amor impresionante, pero el hecho de que Jesús fije Sus ojos en una de Sus criaturas, con nombre y apellido, para hablarle y bendecirlo, ¡es sencillamente increíble, una verdadera muestra de Su amor y misericordia!

A nosotros nos puede pasar como a Zaqueo: podemos subirnos al árbol de nuestra arrogancia, para desde ahí estar más alto que los demás y pregonar nuestros logros (quizá injustos, como en el caso para Zaqueo, que robaba a sus semejantes). Sin embargo, Jesús, quien nos ama con un amor sin fin, no se avergüenza de alzar Su mirada de amor hacia nosotros para decirnos con el más profundo afecto: “Venga, querido(a) amigo(a), hoy tengo que quedarme en tu casa!”

Jesús da el primer paso hacia nosotros. Él nos llama, pero somos nosotros los que tenemos que dar el segundo paso y bajar del árbol de nuestro orgullo, para así dejarle morar en nosotros. 

¿Quieres orar conmigo hoy, e invitar a Jesús en tu vida si no lo has hecho aún? “Señor, gracias por Tu amor en este día. Te abro la puerta de mi corazón y de mi vida. Ayúdame a vivir una vida que te sea agradable. Deseo de todo corazón estar en relación contigo. Gracias Jesús por tocarme en este día con tu humildad. ¡Amén!”

Que Dios te bendiga, querido(a) amigo(a), y ¡gracias por existir!

Eric Célérier

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