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¡Jesús es tu abogado!

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Hay un acusador que quiere vernos condenados a como dé lugar, pero a nuestro lado tenemos también al mejor defensor que intercede por nosotros ante el Padre.

Cada día, miles de pensamientos atraviesan tu mente. Según los científicos, una persona tiene entre 60.000 y 80.000 pensamientos al día. Y entre esos miles de pensamientos que pasan por tu cabeza a diario, ¿cuántos te hacen sentir mal con respecto a ti mismo? ¿Tienes pensamientos que te acusan con respecto a palabras, acciones o cosas que hiciste en el pasado, y de las cuales no consigues perdonarte enteramente?

Satanás es el acusador de los hermanos, como se le llama en las Escrituras. No digo que todos los pensamientos de acusación que puedas tener vengan necesariamente de él, pero probablemente una gran parte de ellos sí. El significado de su nombre es “adversario”, “enemigo”. Es el acusador por excelencia.

Satanás acusó a Job delante de Dios. Job no tenía realmente nada que se le pudiese reprochar , como podemos leer en la Biblia: “Y Jehová dijo a Satanás: ¿No has considerado a mi siervo Job, que no hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal?” (Job 1:8).

¡Sin embargo, Satanás le acusó y luego le azotó con pruebas catastróficas! En medio de esas pruebas, Job declara: “Yo sé que mi Redentor vive, Y al fin se levantará sobre el polvo” (Job 19:25)

¡Qué declaración más poderosa de fe! Job conocía quién era Su redentor, Su defensor. ¿Y tú, querido(a) amigo(a)? ¿Lo conoces?

La Biblia dice: “¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros” (Romanos 8:33-34).

Cristo es tu abogado, el que te defiende del acusador. Jamás te acusará ni te condenará. Está al lado del Padre y pelea a tu favor. ¡Está por ti, no contra ti!

Recuerda que Él es:

- el que te redime,

- el que te defiende,

- el que se levanta y pelea por ti.

Puedes escuchar Su dulce voz susurrándote ahora: “Aunque todos te rechacen y te critiquen, yo estaré ahí a tu lado, ya que soy tu abogado. Puedo mostrarle al Padre las marcas de los clavos en mis manos, mi sangre que vertí en la cruz por ti, y decirle: Padre, lo hice por él/ella, y debido a ello está perdonado(a), justificado(a), purificado(a). Ninguna acusación puede prevalecer contra él/ella”.

Querido(a) amigo(a), ¡ten paz! Él es tu abogado.

Gracias por existir,
Éric Célérier

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