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Infertilidad, un resultado de la caída

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¿Hay alguna forma de explicar por qué algunas personas no pueden tener hijos?

Anterior a la caída del hombre, todo era bueno en gran manera. Dios había realizado un diseño perfecto que, de haber seguido así, nos hubiera ahorrado el cúmulo de males que nos sobrevino por violar sus preceptos. Una de las lecciones más valiosas que aprendemos al principio de Génesis es que toda desobediencia tiene resultados funestos.

La Biblia enseña claramente la intención y el propósito de Dios en el matrimonio. En la unión matrimonial, un hombre y una mujer deben encontrar plenitud y contentamiento espiritual y sexual, procrear hijos y mostrar la unión de Cristo con Su iglesia (Génesis 1:28, Proverbios 5:18, Efesios 5:31-32). No obstante, esta relación se vio afectada gravemente por el pecado.

La historia de Israel de Génesis 3 en adelante nos muestra los cambios y actitudes que afectaron al matrimonio y la unidad familiar. Uno de ellos es la infecundidad. Aunque médicamente hoy podemos encontrar diferentes causas de la infertilidad en cada pareja, todo parte del Edén con la caída del hombre. En Levítico 20, estableciendo parámetros y disciplina por casos de inmoralidad, Moisés advirtió que algunos matrimonios serían visitados con esterilidad (Levítico 20:20-21).

El primer mandato que Dios le dio a la pareja en el seno del matrimonio fue: “Fructificad y multiplicaos...” (Génesis 1:28). Este mandato era visto como un gran privilegio, sobre todo considerando que a través de una mujer vendría el Mesías prometido.

A tal razón el pueblo de Israel tomó el mandamiento de la procreación seriamente. Era igualmente importante por razones de herencia la propagación de la línea familiar y la existencia de la sociedad. En consecuencia, concebir era considerado una bendición de Dios (Salmos 127:3-5, 128:1-4), mientras que ser estéril un oprobio (1 Samuel 1:1-10).

Ciertamente la infertilidad se introdujo como consecuencia del pecado, del cual la Biblia nos presenta diversos casos (Génesis 11:30, 25:21, 29:31, Jueces 13:2-3, Lucas 1:7, 36). Aunque hoy sabemos que la infertilidad puede ser tanto por causa del hombre como de la mujer, en tiempos bíblicos se creía que era exclusivamente por causa de la mujer. De manera que, en anticipación a la llegada del Mesías y albergando la esperanza de ser la portadora de esa bendición, la mujer estéril daba su criada a su esposo con esta esperanza, a fin de garantizarle descendencia, y estimando sus hijos como propios (Génesis 16:2, 30:3).

Desafortunadamente esta práctica malsana ha acarreado graves consecuencias y en particular la de Sara y Abraham, la cual se ha proyectado hasta el día de hoy con la tensión existente entre la descendencia de Ismael e Isaac. Así, de un pecado pasamos a otro.

Resulta claro que el deseo natural de toda mujer es casarse y tener hijos. Fue entretejido en su ADN al principio de la creación en conformidad con su diseño y rol. Y aunque es sin equivocaciones una bendición y experiencia inigualable, vale aclarar que el matrimonio o tener hijos no es un fin en sí mismo, sino una parte dentro de los propósitos mayores de Dios. Tanto así que la existencia del matrimonio se limita a la tierra y en el cielo seremos como los ángeles de Dios que ni se casan ni se dan en casamiento (Lucas 20:35). Es “estar en Cristo” lo que nos hace mujeres completas (Colosenses 2:10).

No obstante, hay alternativas sanas al problema de la infertilidad. Si no puedes tener hijos naturales…

  • Dios te da la oportunidad de ser madre de hijos espirituales (Salmo 113:9).
  • Ora como Ana, Raquel, etc., pidiendo que Dios te de hijos (1 Samuel 1:10-11, Génesis 30:22).
  • Considera si la “adopción” es una opción viable para tu realidad (Éxodo 2:10, Ester 2:7).
  • Puede que Dios tenga planes y propósitos ministeriales, por los cuales te necesita así.
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