Imitando la fe de la mujer cananea

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¿No debería ser nuestra fe más grande que la de la mujer cananea, quien ni siquiera conocía al Señor?

¿Qué podemos decir sobre una madre a la cual la Biblia solamente dedica 7 versículos? Increíblemente… ¡mucho!

Hebreos 4:12 nos dice: “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de dos filos; penetra hasta la división del alma y del espíritu, de las coyunturas y los tuétanos, y es poderosa para discernir los pensamientos y las intenciones del corazón.”

Recorramos el pasaje de Mateo 15:21-28 para ver su corazón y aplicarlo al nuestro.

Vemos que Jesús se retiró a Tiro y Sidón (en otras palabras, Él salió de Israel y estaba en territorio de los gentiles) cuando una madre cananea se acerca y lo llama “Señor, Hijo de David”.

Ella sabía que Él era judío, una nacionalidad diferente de la suya, y suponía que probablemente Él supiera que ella era de una raza odiada por los judíos. Ella obviamente había oído de Él, pero no sabía cómo Él reaccionaría.

Y ¿cuál es su primera petición? “ten misericordia de mí”.

Ella tenía una hija endemoniada, que sufría mucho, pero a pesar del posible rechazo se atrevió a acercarse a Aquel que pensaba podría ayudarla. No lo conocía personalmente y probablemente solamente había oído de Él, por lo que, primero, ella no podía identificarlo; segundo, no sabía de lo que Él era capaz; y tercero, seguramente ella sabía que los judíos no hablaban con mujeres no judías. A pesar de todo, ella siguió acercándose a Él.

En el versículo 23 vemos su persistencia “pero Él no le respondió palabra”. La ignoró, pero el amor de ella por su hija era tan grande que se humilló y persistió en su petición.

Y por si no fuera suficiente, Sus discípulos le pidieron despedirla por la molestia y la respuesta de Jesús tampoco fue positiva: “…Él, dijo: No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel” (v. 24). Una mujer orgullosa o egocéntrica diría “déjame irme, no necesito tolerar esto”. Pero ¿fue esto lo que dijo?

Veamos su respuesta en el versículo 25: “se postró ante Él, diciendo: ¡Señor, socórreme!” ¡Wow! ¡Qué amor tan grande por su hija, que solamente su fe en Él lo superaba!

Tampoco la respuesta de Jesús fue motivadora: “Él respondió y dijo: No está bien tomar el pan de los hijos, y echárselo a los perrillos” (v. 26). De forma sobrenatural ella reconocía a Quien le hablaba, pues lo había llamado Señor y, además, así parece confirmarlo su respuesta en el versículo 27: “Pero ella dijo: Sí, Señor; pero también los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos”. Obviamente Dios le había revelado que Jesús era el Señor y el único que podía resolver su problema.

Ella fue como la viuda persistente de Lucas 18, y Jesús la bendijo por su fe “…Jesús, le dijo: Oh mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas. Y su hija quedó sana desde aquel momento” (v.28).

Y nuestra fe, ¿Es tan grande que seguimos intercediendo constantemente por nuestros hijos aun cuando nos parece que el Señor no responde o cuándo nos parece que nuestros hijos no le importan a Él?

¿Realmente creemos que Él es el único que puede resolver nuestros problemas o solamente vamos a Él cuándo no podemos resolverlos?

La mujer cananea solamente había oído de Él. Ella no tenía la Biblia escrita en su propio idioma, tampoco una iglesia que predicara la Palabra fielmente, ni una comunidad de creyentes que la estimularan; mucho menos tenía al Espíritu Santo morando en ella; sin embargo,  ella creía en Jesús y recibió su galardón.

La razón por la cual el Señor actuó en su favor es evidente:

Isaías 66:1-2 “…Pero a éste miraré: al que es humilde y contrito de espíritu, y que tiembla ante mi palabra”.

Esta mujer fue humilde y contrita de corazón, y ¡Él fue fiel a Su Palabra! En otros pasajes, Él ha dado a conocer Su corazón, incluyendo Proverbios 3:34: “Ciertamente Él se burla de los burladores, pero da gracia a los afligidos”, y Santiago 4:6 dice “…Dios resiste a los soberbios pero da gracia a los humildes”.

Hoy tenemos mucho más de lo que ella tuvo, por tanto ¿no debe ser nuestra fe más grande que la suya? Hemos tenido un encuentro con el Dios resucitado, Todopoderoso, que puede levantar hasta los muertos y Quien mora en nosotras.

Él nos ha elegido para ser parte de Su reino y muchas hemos tenido el privilegio de ser copartícipes con Él en la formación de un nuevo ser… nuestros hijos. ¡Qué gozo es verlos nacer y cuánto más gozo que podamos ser usadas por Dios en el nuevo nacimiento de esos hijos!

Nuestro rol como madres es amar (Tito 2:4-5), interceder, (Efesios 6:18), enseñar (Deuteronomio 4:10), entrenar (Proverbios 22:6), corregir (Proverbios 13:24), disciplinar (Proverbios 29:15), apoyar (Efesios 4:29), y modelar (Salmos 37:18) a nuestros hijos y presentarlos a nuestro Señor.

Que Dios nos conceda superar a la mujer cananea en nuestra fe y amor por nuestros hijos, como producto de que nuestro amor por Jesús y nuestra fe en Él superen cualquier otra cosa que haya en nuestras vidas.

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