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Igualdad

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Sin duda alguna, vivimos en un mundo sin igualdad, pero todo cambia cuando entramos a la familia de Dios.

Porque no hay diferencia entre el que es judío y el que no lo es, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que lo invocan, porque todo el que invoque el nombre del Señor será salvo. – Romanos 10:12-13

Muchos estadounidenses piensan que nuestro país se distingue por la "igualdad". Los políticos predican sobre ella, y la mayoría de nosotros les creemos.

La igualdad es algo que siempre me ha sonado raro. Quizás sea porque pienso que es un concepto bastante elusivo. Las personas no son iguales en fuerza o en tamaño. Mientras miraba los juegos olímpicos, pensaba que no había ni una sola cosa que yo pudiera hacer tan bien como lo hacía el peor competidor de las olimpíadas.

No somos iguales ni en las cosas que podemos hacer ni en la velocidad con que las hacemos. No somos iguales en el dinero que ganamos ni en el valor que la sociedad le da a los trabajos que hacemos. Si no me cree, fíjese cuánto gana una maestra recién recibida, y cuánto gana un jugador profesional de fútbol novato.

A pesar de que el concepto de igualdad es importante, no estoy seguro de que alguna vez se vaya a convertir en realidad... por lo menos mientras sigamos comparándonos entre nosotros. Este mundo tiene demasiados prejuicios, demasiados valores equivocados, y demasiado egocentrismo como para hacer de la igualdad una realidad.

Por otro lado, el que yo crea que las personas no son iguales en todo no quiere decir que también crea que no sean iguales en nada.

La verdadera igualdad existe delante de Dios. Cada hombre, mujer y niño, incluyendo usted y yo, somos iguales en el hecho que somos pecadores, y también somos iguales en que todos deberíamos ser castigados por nuestras culpas.

Tan cierto como eso es que Jesús vino a salvar al mundo, a cada uno y a todos nosotros.

Cuando el Salvador colgaba de la cruz, cargaba con él los pecados de cada hombre, mujer y niño que han vivido y que han de vivir. Cuando él murió, su vida fue el pago del rescate para salvarnos a todos nosotros, sin excepciones.

Delante de Dios todos somos iguales. Con fe en Jesús, llegará el día en que estaremos delante del trono del juicio de Dios y él nos declarará "inocentes". ¿Por qué? Porque todos recibimos la misma salvación por gracia a través de la fe. Cada uno de nosotros. Y esa clase de igualdad, mi amigo, es algo digno de ser compartido, especialmente con quienes sienten que no son iguales a nadie.

ORACIÓN: Querido Dios, gracias por amarme tanto como para sacrificar a tu Hijo por mis pecados. Ayúdame a contarle a otros del amor incondicional que tienes para todas las personas. En el nombre de Jesús. Amén.

Por:  Pastor Ken Klaus

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