"¡Hosanna!"

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El pueblo estaba escogiendo un rey terrenal, pero Dios les estaba eligiendo al Cordero que habría de morir.

Leer Marcos 11:7-10

Ellos no se daban cuenta de la importancia de sus palabras. “¡Hosanna al Hijo de David!”, gritaba el pueblo mientras Jesús entraba montado sobre un asno. “¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!” (Mateo 21:9). Iban adorándole, haciéndole un camino con mantos y ramas de árboles.

Era el día que conocemos como Domingo de Ramos. Pero para los judíos que llegaban a Jerusalén, el domingo anterior a la fiesta de la Pascua era el día en que cada familia escogía su cordero para sacrificarlo en la celebración anual. Años antes, cuando el pueblo de Dios era todavía esclavo en Egipto, Dios advirtió que la muerte estaba en camino y que nadie escaparía. Pero el Señor proveyó un camino, una protección. Todos los que se refugiaran bajo la sangre derramada de un cordero perfecto, vivirían.

“El precio del pecado es la sangre”, estaba diciendo Dios. Y en cada primavera, su pueblo lo recordaba.

Después de esa primera Pascua, el Señor también enseñó a su pueblo cómo la sangre cubría provisionalmente el pecado. “La vida de la carne en la sangre está”, les dijo. “Y yo os la he dado para hacer expiación en el altar por vuestras almas” (Levítico 17:11). Dios le enseñó a su pueblo cómo ofrecer sacrificios diarios y anuales por su pecado.

Así, pues, durante años y años, el pueblo de Dios se mantenía trayendo sacrificios. “Sálvanos, por favor”, era su oración mientras la sangre era derramada con cada ofrenda. Pero la sangre de los toros y corderos no podía purificar un corazón manchado por el pecado (Hebreos 10:4). El pueblo de Dios estaba cubierto, pero no limpio.

Y entonces llegó ese día. En sus corazones, el pueblo estaba escogiendo un rey terrenal. El yugo de Roma era pesado, y ellos querían libertad. “Hosanna [¡Sálvanos, por favor!] al Hijo de David”, clamaban mientras Jesús cabalgaba sobre un asno. “¡Hosanna!”

Pero Dios tenía en su corazón una libertad mucho más hermosa para ellos. Su pueblo pensaba que estaban eligiendo a su rey, pero Dios les estaba eligiendo al Cordero que habría de morir.

“¡Sálvanos, por favor!” clamaban. Y la respuesta es la misma, tanto entonces como hoy: ¡He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!

Por Laurin Greco

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