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Hijos de Dios

Description

Todos los recursos celestiales son nuestros gracias a la identidad que hemos recibido en Cristo.

“Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús”, Gálatas 3:26

¿Has creído en Cristo como tu Salvador personal? ¿Le has entregado tu vida y recibiste el perdón de tus pecados y la vida eterna? Entonces, tuya es la verdad del versículo seleccionado para hoy, porque eres por la fe en Cristo un(a) hijo(a) de Dios. Esa es nuestra posición delante de Él, porque “a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12). Para nosotros resulta sencillo, pero para Dios ha supuesto una obra que nunca podremos entender, porque excede a todo conocimiento.

Para hacernos Sus hijos envió al Suyo al mundo con un doble propósito: primero redimirnos, luego adoptarnos. Así es la verdad: “Dios envió a su Hijo… para que redimiese… a fin de que recibiésemos la adopción de hijos”. La obra divina de redención supuso una infinita manifestación de amor. El Verbo eterno asumió las limitaciones del hombre, haciéndose semejante a nosotros. Los problemas de la criatura vinieron a ser experiencia del Creador.

Nuestras angustias, lágrimas, tentaciones y conflictos fueron también Suyos, hasta ser experimentado en quebranto. El precio de nuestra esclavitud fue asumido voluntariamente por el Señor, para redimirnos: “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición” (Gálatas  3:13). Las ondas y las olas del juicio que correspondía a nuestro pecado pasaron sobre Él para que no tengan ya que pasar sobre nosotros.

Cargado con nuestras enfermedades espirituales, molido por nuestros pecados, el precio de nuestra paz fue puesto sobre Él y por Sus llagas fuimos curados. Pasó por todo esto para que, además de nuestro Salvador, sea el amigo que “es poderoso para socorrer a los que son  tentados” (Hebreos 2:18). Ahora el Sumo Sacerdote que intercede por nosotros es Aquel que “puede compadecerse de nuestras debilidades” (Hebreos 4:15).

Es posible que nos sintamos desamparados incluso de los más cercanos, que estemos sufriendo en soledad y nadie se interese por nuestra situación. No es así, hay uno que se compadece de nuestra impotencia y está a nuestro lado en cada momento de la aflicción y en todo el tiempo de la angustia (Salmo 91:15).

Además de salvarnos, nos ha dado el título más grande y la posición más gloriosa: somos hijos de Dios. Los recursos celestiales son nuestros en Cristo. El poder para superar cualquier circunstancia está también en Él. El acceso al trono de la gracia está abierto siempre para nosotros para obtener allí el socorro oportuno (Hebreos 4:16). Como hijos suyos estamos continuamente rodeados de Su amor; Dios tiene cuidado de nosotros y nos da siempre sólo lo que nos es bueno.

¿Estoy agotado por la prueba? ¿Siento desfallecer mis fuerzas y pienso que Dios no tiene cuidado de mí? Entonces estoy viendo la aflicción con ojos de hombre. El tiempo de la prueba siempre es grande desde aquí, pero insignificante con la visión de un hijo de Dios que no ve las cosas temporales, sino las eternas. Mi esperanza no está en el tiempo, sino en la eternidad. Las aflicciones temporales abren para mí las ventanas que muestran la paz eterna.

Oración: Padre, bien puedo decir ahora: Gracias Señor, porque soy tu hijo, dame la bendición de sentirme hoy protegido y amparado por ti. En el nombre de Cristo, amén.

Por Samuel Pérez Millos

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