Hemos sido reclutadas

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El llamado a servir en el ejército de Dios no es voluntario.

“Sufre penalidades conmigo, como buen soldado de Cristo Jesús. Ningún soldado en servicio activo se enreda en los negocios de la vida diaria, a fin de poder agradar al que lo reclutó como soldado”, 2 Timoteo 2:3-4

En mi adolescencia, viviendo en los Estados Unidos, estábamos bajo la ley de reclutamiento, o como nosotros le llamábamos: “el draft”. En esa época, cada varón que cumplía 18 años recibía una carta del gobierno mandándolo a reportarse en el centro de reclutamiento más cercano para registrarse en las fuerzas armadas.  

Como estábamos en medio de la guerra de Vietnam, esa carta era el terror de las familias con hijos jóvenes por las implicaciones obvias. Aunque la carta no especificaba todos los detalles, la realidad era bien conocida. Cuando “Tío Sam” llamaba, el joven ya no pertenecía a sí mismo pues se convertía en propiedad del gobierno americano por aproximadamente 2 años. Por obligación, él debía vivir donde el gobierno lo mandaba, comer la comida que ellos servían, hacer el trabajo que ellos le asignaban, hacer los entrenamientos requeridos para dicho trabajo y usar la ropa que ellos recomendaban.

No importaba si él o su familia no estaban de acuerdo con su designación, él estaba obligado no solamente a ir y a hacer lo que ellos querían, sino que también se esperaba que su comportamiento tuviera la dignidad y estuviera a la altura que merecía el cargo de soldado de los Estados Unidos, porque ya él no representaba el nombre de su familia sino el de la nación. Y mientras estaba en su uniforme, su conducta representaba a su dueño, el gobierno americano.

Como soldado, la obediencia a las autoridades era incondicional y sin preguntar el porqué. En 1973, el reclutamiento fue abolido y desde entonces los soldados de las fuerzas armadas son voluntarios; sin embargo, los demás requerimientos mencionados todavía siguen vigentes hoy en día.

En aquella época, la mayoría de las familias y jóvenes no cuestionaban al gobierno, y la idea de oponerse a éste era inconcebible, aunque existía un incipiente movimiento antiguerra. Si rehusabas registrarte, era necesario cambiar de país y la acción no era bien vista en la sociedad por considerarla como falta de lealtad y amor por la nación.

¿Y nosotras? Aunque no somos soldados de los Estados Unidos, sí somos soldados de Cristo (2 Timoteo 2:4). Es interesante ver cuántas analogías hay entre la vida cristiana y el reclutamiento de aquella época. Por ejemplo, en la vida cristiana, la realidad es que en un punto de nuestras vidas, en el tiempo de Dios, Él nos llama para reportarnos en Su iglesia. Juan 15:16 “Vosotros no me escogisteis a mí, sino que yo os escogí a vosotros, y os designé para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca; para que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda.”   

No solamente fue Él quien nos llamó, sino que también designó a cuál iglesia quiere que vayamos (1ª Corintios 7:17), así como el fruto que debemos llevar y las obras que debemos hacer (Efesios 2:10).  

Igual que los soldados de Estados Unidos, necesitamos ser entrenadas para el trabajo asignado (2ª Pedro 3:18); sin embargo, con Dios nuestra victoria está garantizada por que Él es quien controla los eventos (Zacarías 4:6) y Él siempre logra lo que quiere (Isaías 46:10). El reclutamiento del cristiano no depende de las decisiones del congreso, ni del dinero que el gobierno tiene, ni a las últimas armas, sino de Aquel que controla el universo (Salmos 20:7) y es Dueño de todo (Salmos 24:1).

A diferencia del terror que las familias sentían con la carta del “Tío Sam”, el llamamiento de Dios está lleno de gozo (Romanos 15:13) a pesar de que estamos en una batalla espiritual constante (Efesios 6:12). Y cuando nuestro deseo es agradarle a Él, en lugar de sentirnos obligadas con lo que hacemos Él nos dará las peticiones de nuestro corazón (Salmos 37:4).|

Una vez llamadas, mientras caminamos en la vida andamos con nuestro uniforme y, por ende, somos Sus embajadoras (2ª Corintios 5:20), y aunque Dios no nos asigna el uniforme que debemos usar, sí nos dejó pautas sobre la manera de vestirnos (1ª Timoteo 2:9-10). En las fuerzas armadas estadounidenses la comida es preparada y servida según la agenda de las autoridades. En el ejército de Dios, tenemos más libertad en la elección de la comida, pero debemos hacerlo de manera digna, porque Él es el Pan de vida “ya sea que comáis, que bebáis, o que hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios” (1ª Corintios 10:31).

Como somos Sus representantes, Pablo nos dijo en Filipenses 1:27 “Solamente comportaos de una manera digna del evangelio de Cristo.” Nosotros no representamos una institución poderosa y pecaminosa sino al Dios del universo, El Creador de todo, quien sostiene todo y a Aquel que sostiene los eventos y los resultados en la palma de Su mano. Aquel que nunca ha fallado y quien siempre es fiel.

Tantos hombres han dado su tiempo y aun sus vidas por amor a su país y para que la comunidad pueda vivir en libertad. Nosotras ya hemos recibido la libertad (Juan 8:36); qué honor es servirle en santidad, porque Él nos dijo a través de Moisés “seréis santos porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo” (Levítico 19:2).

Millones de estadounidenses han servido a su país para tener una libertad que ahora disfrutamos, pero que tiene menos valor que aquella que hemos recibido en Cristo. Cuánto más nosotras debemos hacer por Él, porque servimos a Aquel que está por encima de todas las naciones (Salmos 113:4). Oro para que cada una de nosotras podamos apreciar lo que hemos recibido y traer la gloria a nuestro Dios ¡como Él merece!

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