Guía para una vida fructífera

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¿Qué cree que le diría Dios si usted le pidiera que Él fuera su guía?

Leer Mateo 28:16-20 & Juan 15.4-8

Como creyentes, anhelamos vivir agradando al Señor. Pero, para ello, necesitamos un guía que nos ayude. Imagine que tiene la siguiente conversación con Dios y luego trate de obedecerle.

—Padre celestial, ¿quisieras ser mi guía?

Sí, quiero serlo. Mientras viajemos, quiero que recuerdes que sé a dónde estoy yendo. Cada parada a lo largo del camino está planeada para convertirte en la rama fructífera que anhelas ser. El camino puede ser a través de montañas cubiertas de nieve, por caminos pedregosos, o por valles que te tentarán a dejar la travesía. ¿Mantendrás tus ojos en mí y me obedecerás sin importar lo difícil que te resulte?

—Sí, Padre.

Entonces, comencemos tu primera lección: Tienes que pisar donde yo piso.

—Pero Padre, tus huellas están muy lejos de mí.

—Las acomodaré para ti.

—Sé que vas a caminar demasiado rápido.

—Nunca caminaré más rápido de lo que sé que puedes caminar.

—Me canso fácilmente.

—Podrás apoyarte en mi brazo.

—¿Y si tropiezo?

Te levantaré y sanaré tus heridas. Pero te tengo una segunda lección: Tendrás que seguirme aunque no puedas verme.

—Padre, ¿cómo voy a saber por dónde caminar?

Usa mi Palabra, la Biblia. Consúltala para tener dirección y seguridad de que estoy contigo y de que sigo guiándote.

—Padre, ¿y si me confundo?

Recuerda mis enseñanzas. Recuerda quién soy y confía en mí. Clama a mí y yo te responderé.

Hijo, hay una tercera cosa que quiero que sepas: Estoy trayendo a otros para que hagan el viaje contigo. Búscalos.

—Pero, Señor, ya tengo suficiente con mis responsabilidades y mis problemas.

Hijo, tienes que poner a un lado tus asuntos y ayudar a otros a hacer el viaje.

—No puedo hacer más. Estoy demasiado ocupado.

—Yo elegiré tus prioridades.

—Estoy demasiado cansado.

Te daré descanso. Ahora, aquí está la cuarta lección: Tienes que someterte a mi plan.

—¿Me explicarás lo que estás haciendo?

A veces, aunque no siempre.

—Pero ¿y si tu plan no tiene sentido para mí?

No confíes en tu entendimiento; sigue caminando hacia donde yo te dirija.

—Pero, Padre, ¿y si no quiero ir por ese camino? ¿Qué tal si me resulta demasiado difícil?

Ah, ahora sí estamos en el meollo del asunto, que es la quinta lección: Una vida fructífera se tiene solamente cuanto está rendida a mí. Esa clase de vida se caracteriza por ser muy semejante a la vida de mi hijo Jesucristo. En otras palabras, la vida fructífera es una vida llena del fruto del Espíritu (Gálatas 5:22, 23). En esta relación, yo, Dios, soy quien manda. Tu parte es cooperar y someterte a mi plan. Ahora que conoces las instrucciones, ¿todavía quieres seguirme? Piénsalo con cuidado.

—Sí, Padre ¿A quién iría? Creo en ti y quiero que seas mi guía.

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