Fruto, más fruto, mucho fruto

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Si una rama crece sin ser podada, le aparecerán muchos brotes pequeños que le quitarán la savia que la sustenta. Lo mismo sucede con nosotros.

Leer Juan 15:8, 16

Viví durante un tiempo en las montañas de Carolina del Norte, en un lugar que era conocido como Fruitland (“tierra de la fruta”). El sitio tiene ese nombre por ser una tierra de manzanas. Una vez fui a visitar a un miembro de mi iglesia que vivía allí y su esposa me dijo que estaba en el huerto, podando los árboles. Así que me fui a observar lo que estaba haciendo. Sin saber por qué lo hacía, le dije: “Va a matar ese árbol”. Se volvió para mirarme y me dijo: “Encárguese usted de la predicación. Yo me encargo de la poda”.

Después me enteré de que, para producir una buena cosecha, las ramas de los árboles tenían que ser podadas. Es una lección que nunca he olvidado, porque también se aplica a nuestra vida espiritual. A veces dudamos del amor de Dios cuando los tiempos malos nos golpean y estamos adoloridos. Pero lo que el Señor está haciendo, en realidad, es podándonos para que podamos dar fruto de calidad; después vuelve a podarnos para que demos más fruto y finalmente nos poda otra vez para que demos mucho fruto. Si una rama sigue creciendo sin ser recortada, le aparecerán muchos brotes pequeños que le quitarán la savia que la sustenta.

Las cosas pequeñas de la vida pueden ser como esos brotes, frustrando nuestra capacidad de fructificar. Algunas veces permitimos que nuestra bondad dependa de cómo nos sentimos cuando nos despertamos por la mañana; podemos dejar que se desarrolle un mal hábito; o tal vez permitimos que nuestra paz se vea empañada por nuestras circunstancias. Pero si aceptamos la poda de Dios con la actitud correcta, la savia del Espíritu Santo desarrollará el fruto en nuestra vida.

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