Esperanzada, protegida y honrada…

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¿Qué hacer cuando los problemas parecen un ejército que avanzan contra ti?

¿Alguna vez  te has sentido traicionada o decepcionada por un familiar cercano? ¿Qué dirías si acaso ese familiar cercano conspira contra ti y planea quitarte la vida? ¿Difícil… eh? ¿Y que dirías si se trata de tu propio hijo o hija? ¡Más difícil todavía!

En su entrega del Salmo 3, David expone desesperado su situación mientras huye de su propio hijo, Absalón. Y quisiera considerar únicamente en esta primera parte de este artículo los versos 1 al 2 cuando expresa el Salmista que sus enemigos son ¡“muchos”!.. y no solo le odian y se le oponen, sino que de forma categórica aseguran que Dios le dejará mal parado y no vendría en su ayuda.

¡Como si no fuera más que suficiente el que le quisieran matar…  la conspiración abarca también el descrédito hacia su propio Dios y atenta contra su propia fe!

¿Has tenido alguna vez todo un ejército acampando contra ti, esperando el momento preciso para asestarte un gran golpe? No necesitamos hoy en día estar en guerra ni andarnos escondiendo en cuevas para sentirnos así. Problemas financieros, de salud, de trabajo, académicos y situaciones que aparentan no tener solución alguna, son solo algunos de esos tantos “enemigos” que nos acechan.

Nos sumimos en una actitud de “quejabanza”, como lo ha denominado una amada hermana en Cristo que conozco. Esto nos pasa más a menudo de lo que pensamos, por lo que no podemos afirmar que es solo David quien es presa de esta actitud.

La clave está, no en quedarnos de manera permanente en ese Selah (pausa) como el que aparece luego del verso 2, sino PROSEGUIR UNA ACTITUD DIFERENTE luego de exponer nuestra queja. Quiero recordarte los versos del Salmo 3:3-4 para que sea tu palanca de empuje; grítalo como el Salmista… a voz en cuello:

“Pero tú, Señor, me rodeas cual escudo; tú eres mi gloria; ¡tú mantienes en alto mi cabeza! Clamo al Señor a voz en cuello, y desde su monte santo él me responde”.

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