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¿Escuchas el silbo apacible?

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Cuando te despiertas, no te precipites a sumergirte en el ruido del día, sino que aguarda por Dios en el silencio.

Por la mañana, después de una noche entera de descanso, nuestro cuerpo se despierta. Nos estiramos, e intentamos salir poco a poco de ese estado de adormecimiento. Algunos necesitan un pequeño café o una buena ducha para terminar de despertarse. 

Otros, de manera casi impulsiva, consultan su email o miran Facebook, y empiezan a llenar su cabeza de un montón de información más o menos buena. Es así cuando las preocupaciones empiezan a surgir. Personalmente, he hecho esto demasiadas veces y me gustaría ayudarte a no caer en este error, querido(a) amigo(a).

Dios te ha creado, Él te ha dado un alma y ha soplado en ti Su aliento de vida. Este aliento, esta vida divina que has recibido de Él, necesitan ser renovados de día en día. 

Es ya de por sí un milagro el que cada mañana tu alma se despierte, cuando la dulce brisa del Espíritu Santo sopla en tu vida. “Todas las mañanas me despierta, y también me despierta el oído, para que escuche como los discípulos” (Isaías 50:4).

En el primer libro de los Reyes vemos que Elías, el profeta, está en una montaña esperando que la Presencia de Dios se manifieste. Vino un viento recio, ruido, un terremoto, fuego… pero nos dice la Biblia que Dios no se encontraba en ninguno de esos elementos (1 Reyes 19:11-13). Después de esto, un silvo apacible, un murmullo dulce llegó a Elías, y nos dice la Escritura que Dios sí se encontraba en él. 

En ese momento, el Señor comenzó a hablar con Elías, y Elías empezó a hablar con el Señor. Ahí abrió su corazón delante de Dios, le compartió sus cargas y recibió del Señor palabras de esperanza, así como dirección para el futuro. 

Ese lugar en el que el Señor te espera cada mañana es el silencio. Cuando te despiertas, no te precipites a sumergirte en el ruido ni en el activismo. Quédate un rato en ese silencio y pídele a Dios que despierte tu alma, que te enseñe a escucharle. Fija tus pensamientos en Jesucristo. Deja que el Espíritu Santo te visite, que te hable al corazón y que te ayude a escucharle, como un discípulo fiel.

Mi oración y mi deseo por ti es que seas bendecido. 

Gracias por existir, 

Eric Célérier

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