¿Eres lo que aparentas?

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Dios sabe si hacemos las cosas para ser vistos por los hombres o como ofrenda de gratitud hacia Él.

“...Yo conozco tus obras, que tienes nombre de que vives y estás muerto”, Apocalipsis 3:1b

Vivimos en una sociedad caracterizada por las apariencias. Muchas personas se ponen diariamente una máscara fingiendo ser ante los demás lo que en realidad no son.

En los inicios del cristianismo la gente también había aprendido a vivir así. Por eso vemos a importantes  grupos religiosos, como los fariseos y los escribas, que aparentaban una falsa santidad. A estos Jesús llegó a decirles: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia” (Mateo 23:27).

Quizás estaríamos prestas a pensar que estas personas solo eran religiosas, mas no cristianas; sin embargo, tenemos el ejemplo de la iglesia de Sardis, una congregación con apariencia de piedad, pero muerta en su interior. Sabiendo lo que agradaba a Dios, preferían complacer sus propios deseos mundanos. Pero aunque la apariencia externa pueda engañar al hombre, no pueden engañar a Dios, pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón. Es allí donde Dios ve el verdadero motivo que nos lleva a hacer las cosas. Él conoce si actuamos por vanagloria o por contienda. Él sabe si hacemos las cosas para ser vistos por los hombres o como ofrenda de gratitud hacia nuestro Dios.

Para el mundo, Sardis era una iglesia viva, pero para Dios era una iglesia muerta, porque delante de Él las apariencias se desvanecen. Al pesar sus obras, éstas fueron encontradas vacías de contenido e incompletas. Esta iglesia se conformó con ser una iglesia mediocre, una iglesia de apariencias; tal cual la higuera en la época de Jesús, con un gran follaje pero al entrar la mano, estaba sin fruto. ¿Si Dios entrara la mano en el árbol de nuestra vida qué hallaría? ¿Hallaría un corazón lleno de piedad, amor, misericordia, bondad... o por el contrario encontraría un corazón sucio, contaminado por el pecado e inclinado a la maldad? Es el corazón lo que Dios va a pesar, lo que Dios va a evaluar, no las apariencias.

Cuando lleguemos a la recta final, nuestras obras serán pasadas por fuego para desechar lo malo y recompensar lo bueno. Lo destructible será rechazado y lo indestructible permanecerá. En Su presencia, las obras hechas para Él serán pasadas por fuego. Allí saldrá a la luz lo que hemos hecho para Su gloria o lo que hemos hecho para la gloria de nuestra carne.

Es tiempo de ser mujeres verdaderas, mujeres con corazones inclinados a Dios y a Su Palabra. Mujeres que diariamente le pregunten al Señor: ¿Probaste mis obras? ¿Hallaste algunas dignas o solo heno y hojarasca?

Oración: Padre, prueba mi corazón como lo hiciste con el salmista y ve en mí si hay camino de perversidad, y guíame por el sendero correcto. En el nombre de tu Hijo, amén.

Por Jeanette Lithgow

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