Enfrentando nuestros prejuicios

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Como creyentes, muchas veces tenemos el problema de poner nuestras diferencias con los demás por encima del llamado que tenemos.

En nuestro pasado servicio la noche antes de Navidad, recibimos la visita de una pareja hindú y su pequeña niña. Terminado el culto, la señora se acercó a mi esposo solicitando que les visitara pues desde hace tiempo sentían una “presencia negativa”, por lo que entendían que necesitaban a alguien para “limpiar” la casa rociando “agua bendita”.

Como Pastor acostumbrado a lidiar con todo tipo de personas y situaciones, a mi esposo no le intimidó esta solicitud sino que de manera anticipada les explicó que el uso de “agua bendita” no era práctica de la iglesia Cristiana Evangélica, pero que con mucho gusto les presentaría al Jesús de la Biblia y cómo este podría lidiar con las llamadas “fuerzas negativas” que les rodeaban.

Al llegar a su casa, mi esposo notó en la sala un altar erigido a las principales deidades hindúes y todo tipo de estatuillas y fotografías. Lejos de criticar y atacar, les presentó el Evangelio de manera clara y sencilla basado en el Libro de Juan. Viniendo de un trasfondo religioso plagado por más de 300 millones de divinidades diferentes, esta pareja quedó impresionada y fascinada al empezar a conocer otro sistema de creencias con menos complejidades.

Esto me recordó el evento aquel cuando Felipe fue llevado por el Espíritu al desierto para exponer con más claridad el Evangelio a un eunuco etíope, funcionario del palacio de la reina de Etiopía según se narra en el libro de Hechos 8:26-40. “¿Entiendes lo que lees? – preguntó Felipe al hombre, a lo que este le responde: ¿Cómo voy a entenderlo si nadie me lo explica?” (vs. 30-31).

Si Felipe hubiera estado prejuiciado en contra de alguien que venía de un trasfondo pagano como un etíope, o hasta del color de su piel, la historia no hubiera terminado como lo hizo: “Cuando subieron del agua, el Espíritu del Señor se llevó de repente a Felipe. El eunuco no volvió a verlo, pero siguió alegre su camino (vs. 39-40). Por supuesto que fue el Espíritu de Dios quien envió a Felipe, sin embargo, es notoria su respuesta al llamado y su disponibilidad para obedecer.

Y es que tenemos un problema: Como creyentes que hemos sido lavadas, compradas y libertadas por la sangre de Cristo, muchas veces dejamos que el color de la piel, la nacionalidad, las ideas religiosas y otra serie de prejuicios se interpongan entre nosotros y el trabajo que El Señor nos ha enviado a hacer.

Muchas que venimos de una familia cristiana –nacidas, educadas y formadas en La Verdad de Dios– no queremos entender ni ponernos en los zapatos de aquellos que no han tenido el mismo privilegio. Criticamos el trasfondo e iniciamos discusiones para debatir las falsas creencias en lugar de mostrar un corazón dispuesto a explicar y presentar la verdad.

Tan natural es para nosotras creer y adorar a un Sólo Único y Verdadero Dios, como lo es para un pagano adorar a las divinidades y entidades demoníacas que les son familiares, porque no han conocido algo diferente. Al igual que el eunuco, “no entienden lo que leen”.  No saben a quién o a quiénes adoran, ni mucho menos por qué y para qué lo hacen.

Amada, es por eso que tú y yo hemos sido puestas en este tiempo: Para sentarnos junto al carruaje de aquellos inconversos. Para escucharles, acompañarles y, en el trayecto, presentarles y explicarles de forma sencilla, clara y precisa el plan de salvación. No necesitamos ser pastoras, ministras, ni tener un “lugar especial o de autoridad” en una congregación para hacer nuestro trabajo.

En cuanto a aquella familia, no puedo decir que la historia haya terminado como la del etíope. De hecho, apenas comienza. No sabemos a ciencia cierta si llegarán a los pies de Cristo por medio de nuestras visitas. No sabemos si como le pasó al eunuco, en un futuro no les volveremos a ver. Mientras tanto, hemos “puesto el balón a correr” y esperamos continuar jugando el partido a las órdenes del Capitán del equipo. No dejes que ideas preconcebidas o prejuicios te impidan realizar la tarea que Dios te ha llamado a realizar.

¿Has estado en situaciones similares en tu trabajo, vecindario, escuela o hasta en tu familia? ¿Cómo has reaccionado? ¿Hostilmente, tímidamente o amablemente?

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