Encienda una vela por la alegría

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Al encender una vela de Navidad, piense en los sacrificios que se quemaban en el altar del templo y que ya no son necesarios gracias al Cordero de Dios.

En nuestra casa no necesitamos velas para la iluminación, de modo que, cuando hay una vela encendida, eso significa que “algo pasa”. Si mi esposa llega a la casa y ve una vela encendida, su primera pregunta es: “¿Va a venir alguien?”

Hace esa pregunta porque si ella invita a alguien, lo primero que hace es encender una vela incluso antes de pasar la aspiradora y lavar los platos. A ella le encanta el aroma que esparcen. Las velas hacen que nuestra casa tenga un olor muy agradable; no solo desalojan el aburrido olor a calcetines viejos y montoncitos de polvo, sino que también le añaden agradables aromas de canela, bálsamo y vainilla. Todo eso nos aleja del entorno ordinario y sugiere que estamos en alguna otra parte, en un lugar exótico, romántico o emocionante.

Al encender una vela en esta Navidad, permita que el aroma de la cerilla, de la cera y de la mecha lo lleve a otro lugar. Piense en los sacrificios que se quemaban en el altar del templo del Antiguo Testamento y que ya no son necesarios porque el Cordero de Dios ha sido inmolado una vez por todos. Piense en el lago de fuego y azufre, el último y terrible lugar de destierro en el infierno que usted no va a ver jamás.

Piense también en el dulce aroma del incienso quemado en el Lugar Santo, el cual llevaba las oraciones de los creyentes al trono de un Padre que escucha con gran interés las oraciones de sus hijos, hijos que ahora tienen un olor agradable delante de él. “Jehová es mi fortaleza y mi escudo; en él confió mi corazón y fui ayudado, por lo que se gozó mi corazón. Con mi cántico lo alabaré” (Salmo 28:7).

Permita que esta vela le recuerde la alegría que Jesús le trae.

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