Ella fue muy pequeña, pero Él es GRANDE

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No importa lo que hayas sido o lo que seas, hay espacio en el corazón de Dios para ti, como lo tuvo para Rahab.

“Otro día más. Otro cliente más. Otro centímetro más en mi vacío… Nada de lo que he probado hasta ahora ha resuelto mi problema. Y quizá de vida nos quede muy poco si los israelitas llegan hasta aquí, como han llegado hasta nuestros vecinos. Dicen que el dios de ellos sí es grande. ¡Ni siquiera el mar se le pudo resistir! Tal vez eso es lo que yo necesito… y así no tendrá que haber un cliente más, una noche más, un vacío mayor… Necesito un dios de verdad, un Dios grande…” 

No escribo ficción, pero me puse a pensar que tal vez estos pensamientos cruzaron por la mente de aquella mujer cananea. Es curioso, su nombre significa “amplia, grande”. Y me parece que le viene bien porque su percepción espiritual fue grande al entender lo que sus coterráneos no entendieron. Rahab fue una mujer pequeña que reconoció y se rindió a un Dios grande. 

De Rahab puedo compartirte muchas cosas, pero voy a enfocarme solo en una. No importa lo que hayas sido o lo que seas, hay espacio en el corazón de Dios para ti. Y tu vida puede ser diferente

¿Qué puede ser peor para una mujer que tener el título de la ramera del pueblo? Sin embargo, su casa fue el lugar al que acudieron los espías buscando refugio. ¿Por qué? Bueno, además de ser un lugar “público”, dando alas a la imaginación y pensando en la manera en que Dios obra, se me ocurre pensar que Dios lo orquestó así porque Rahab no solo tenía gran necesidad de Él, sino que estaba lista para ser parte de su plan. 

A pesar de su profesión y de la posición social que ocupaba, la más baja, Rahab tuvo una percepción espiritual única en aquella ciudad. Ella entendió que los dioses en que había creído hasta ese momento no eran nada en comparación con el Dios de estos israelitas. Y decidió jugársela el todo por el todo. Sí, Rahab quería salvar su vida y la de su familia, pero su decisión la llevó no solo a poder seguir respirando, cambió de trabajo, de nación y estoy segura de que cambió su corazón. 

Dios no deja de asombrarnos, porque en Su galería de la fe también podemos encontrar a un mentiroso como Jacob, a un Moisés que airado mató al egipcio, a un cobarde como Gedeón escondido en el lagar, e incluso a una prostituta, como Rahab. Pero ella no solo está en Su galería de la fama como una heroína de fe, sino que además goza una posición privilegiada al formar parte de la genealogía de Jesús (Mateo 1:5). 

¿Qué tienen en común todos estos seres humanos pecadores e imperfectos como yo, como tú? ¡Que se rindieron y creyeron a un Dios grande! 

Sí, en los estratos sociales Rahab estaría en el fondo, pero “Dios escogió lo despreciado por el mundo —lo que se considera como nada— y lo usó para convertir en nada lo que el mundo considera importante” (1 Corintios 1:28). 

Y hace poco Él tuvo que recordármelo. Estuve en determinada situación en la que me sentí pequeña como la más pequeña de las hormigas, rodeada por un ejército de grandes. Y por un instante olvidé que no se trata de cómo yo me sienta sino de a quién pertenezco y a quién represento. Pero Dios siempre llega a tiempo y me habló con este pasaje con el que hoy quiero terminar: 

“Algunas naciones se jactan de sus caballos y sus carros de guerra, pero nosotros nos jactamos en el nombre del Señor nuestro Dios. Esas naciones se derrumbarán y caerán, pero nosotros nos levantaremos y estaremos firmes”, Salmos 20:7-8. 

Sí, amiga lectora, no se trata de ser grande sino de rendirnos al Dios grande, de creerle a Él, de servirle a Él, ¡y darle la gloria a Él! 

Una mujer como Rahab está en la Biblia para darnos esta lección. ¡No la pasemos por alto! 

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