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El valor de la lectura

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No hay ninguna otra cosa que alimente nuestro mente y espíritu como la lectura de la Palabra.

“Y me dijo: Hijo de hombre, alimenta tu vientre, y llena tus entrañas de este rollo que yo te doy. Y lo comí, y fue en mi boca dulce como miel”, Ezequiel 3:3

La lectura es un buen hábito que todas debemos cultivar.

Leer mejora nuestro vocabulario, ensancha nuestra visión, incrementa nuestra memoria, nos ayuda a pensar y a conectar nuestras ideas mejor, además de que amplia nuestra perspectiva de la vida. Leer es de sabios. Los grandes líderes y pensadores de la historia han sido y son grandes lectores.

Jesús mismo conocía el valor de la lectura y por ende nos dejó el libro de los libros, la Biblia. En ella nos amonesta a través de sus escritores -quienes también fueron grandes lectores- a leer, escudriñar, estudiar, memorizar y atesorar la Escritura en nuestra mente y nuestro corazón.

En el Salmo 19, David nos señala el poder y algunos de los efectos que la lectura de la Palabra de Dios produce en nuestra vida. Ella convierte el alma, hace sabio al sencillo, alegra el corazón, alumbra los ojos, amonesta al siervo y es dulce, más que la miel que destila del panal.

Ciertamente la “buena” lectura nos instruye, inspira, da cultura y transforma nuestra manera de pensar y ver la vida. Es un hábito enriquecedor que no debemos perder, puesto que el pueblo de Dios perece y le va mal por la falta conocimiento.

Amadas, dediquemos tiempo a la lectura. Apartemos de manera intencional un tiempo cada día para pasar tiempo con el Libro. Alimentemos nuestra mente y nuestro espíritu mediante la lectura consistente de la Palabra de Dios. Solo ella nos podrá dar claridad, proveer esperanza, transformar nuestro carácter y mejorar nuestras relaciones, en la medida en que habite a plenitud en nuestros corazones.

Oración: Padre, gracias porque entre las cosas más importantes que hiciste fue un libro, la Biblia. Gracias porque en ella nos muestras el gran valor de la lectura y porque nos da testimonio de ti. Que pueda yo atesorarla en las tablas de mi corazón. Por Cristo Jesús, amén.

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