El Señor me conoce

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¿Cómo te hace sentir el saber que Dios te conoce completamente, por dentro y por fuera, y que sabe exactamente lo que tienes y lo que necesitas?

“Conoce el Señor a los que son suyos”, 2 Timoteo 2:19

¡Cuánta paz trae a mi alma esta verdad! Soy pobre, pequeño, limitado, pero Dios me conoce. Nada pasa desapercibido para Él. Tal vez yo sea ignorado por los hombres, incluso podrán alejarse de mí abandonándome en mis necesidades, pero nunca seré ignorado por Dios.

Me conoce de forma especial desde el día en que yo lo conocí a Él y en ese conocimiento recibí la vida eterna, el perdón de pecados, el título de hijo y la esperanza de gloria. Sí, Él me conoce desde entonces como hijo suyo y me trata con la atención y cuidado de quien es mi Padre del cielo. El Eterno, Creador de cielos y tierra, sustentador del universo, me tiene en cuenta porque me conoce. Ese conocimiento no es tanto externo distinguiéndome de otros por mi aspecto, es un conocimiento interno, íntimo, personal. Nada puedo ocultarle, por eso Él me conoce.

Conoce cada una de mis caídas y de mis fracasos espirituales. Sabe de mis flaquezas y debilidades. No hace falta que le cuente que he fallado, Él, que vive en mí, lo conoce. Pero, ¡que admirable bendición! “Él conoce mi condición; se acuerda que soy polvo” (Salmo 103:14). Su mano está siempre dispuesta a levantarme del lugar en que he caído. Los hombres señalan mi fracaso, pero Él sabe que soy Su hijo y me restaura para que siga adelante en mi camino. No disculpa mi pecado, pero nunca deja de perdonarme.

Conoce todas mis debilidades. Sabe que mi fe es como un pabilo que humea y está a punto de apagarse, y que mi fuerza es como una caña rota que si me apoyo en ella perforará mi mano. Mi ánimo flaquea, veo el futuro con inquietud. Los años de mi vida transcurren veloces y pronto tendré que atravesar el río de la muerte. Entre tanto pasaré tal vez por enfermedades, el dolor me asusta y me inquieta, pero Él me conoce y me dará la provisión de gracia que necesite en cada momento.

Me agobia la soledad. Pienso en quién me acompañará en los días cortos de otoño de la vida y pisará conmigo las hojas ya secas del pasado que no vuelve. Me pregunto quién dará calor a mi alma cuando el frío del invierno haga mella en mí. No lo sé porque no conozco el futuro, pero quien me conoce a mí, conoce también el porvenir y me da Su paz para que como Pablo pueda decir: “ninguno estuvo a mi lado… todos me desampararon… pero el Señor estuvo a mi lado y me dio fuerzas” (2 Timoteo 4:16-17).

Cuando mis fuerzas se agoten, las suyas harán provisión de cuanta fortaleza necesite. Apoyado en Su mano caminaré lo que resta sostenido por Él. Luego, en la otra orilla, cuando haya cruzado el último vado del camino, cuando el recodo final esté ya en el pasado, en la hermosísima pradera de la gloria, estaré unido a millones que le conocieron y fueron conocidos por Él, alabando Su nombre y cantando a Aquel que nos amó hasta dar Su vida por nosotros.

Aún allí no pasaré desapercibido para Él. El que me conoce seguirá conociéndome eternamente. Mi voz no se perderá entre los que le alaban. En la explosión gloriosa de un canto eterno, Él sabrá que yo estoy también alabándole y glorificándole por lo que hizo por mí.

Oración: Anímate, alma mía, toma aliento y sigue adelante, porque el Señor me conoce. Él es mío, y yo soy suyo. ¡Bendito sea Su nombre! Por Cristo Jesús, amén.

Por Samuel Pérez Millos

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