El problema con el microondas

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A Dios le importa más el proceso, y lo que con este se logra, que un resultado rápido.

Soy de una generación que creció sin hornos de microondas. No, no soy de la época de los dinosaurios, pero los microondas llegaron a Cuba muchos años después de que existieran en otras partes del mundo, por razones ya sabidas. De modo que para calentar un vaso de leche o recalentar la comida del día anterior, lo hacíamos a la antigua. Y, por lo tanto, demoraba más.

También soy de la generación que conoció la internet por conexión de “dial-up”, esa que hacía un montón de sonidos que llegabas a memorizar e identificar: tono, marcando, ¡se conectó! Y si alguien descolgaba el teléfono, ¡pum, perdías la conexión! Había que empezar de nuevo, ¡y cómo demoraba!

Además, crecí sin restaurantes de comida rápida, por la razón ya mencionada en el primer párrafo. En mi país todo implicaba una “cola” o fila, muchas veces de horas, para adquirir lo más mínimo. ¡Mucha demora! La primera vez que vi un establecimiento con “drive-thru” fue cuando salí del país por primera vez. ¡Increíble que todo pudiera ser tan rápido!

Avanza unos años en la historia. Ahora vivo en los Estados Unidos donde la internet es por fibra óptica y súper rápida, el horno de microondas es común en cualquier casa y no solo hay restaurantes de comida rápida sino muchas otras cosas que se hacen en cuestión de minutos sin bajarte del carro.

¿Y por qué hablo de esto? Porque el otro día me puse a pensar en cuánto daño nos han hecho estos y otros avances. Nos hemos convertido en la generación que no sabe esperar. Estamos acostumbrados a que todo sea rápido, como en el microondas, por lo que no nos gusta que las cosas sean “a fuego lento”. Y no me malentiendas, ¡me encantan estos adelantos! Pero reconozco que, aunque han facilitado nuestra vida, han afectado nuestra mentalidad.

En el diseño de Dios, las cosas van un poco a la antigua, sin apuro. ¿Por qué? Porque a él le importa más el proceso, y lo que con este se logra, que un resultado rápido.

El carácter, por ejemplo, no se forja en un día, ni dos, ni tres. Cuando estamos pasando una situación que no nos gusta mucho, esas a las que llamamos pruebas, nuestra oración por lo general es “que pase rápido, Señor”. Pero, si pasara rápido, lo más probable es que saliéramos de la misma tal y como estábamos cuando comenzamos. Es el proceso lo que lleva a la madurez.

Quizá recuerdes estas palabras de Santiago, el hermano del Señor Jesús:

“Hermanos míos, considérense muy dichosos cuando estén pasando por diversas pruebas. Bien saben que, cuando su fe es puesta a prueba, produce paciencia. Pero procuren que la paciencia complete su obra, para que sean perfectos y cabales, sin que les falta nada” (vv. 2-4, RVC).

Es difícil ver las pruebas como una oportunidad para sentirse dichoso, ¿verdad? Sin embargo, es a eso a lo que nos llama este versículo. ¿Por qué? Porque Dios está probando la fe de cada uno para llevarnos a la paciencia, o la constancia, como dicen otras versiones. La paciencia no se desarrolla a velocidad de microondas sino a fuego lento.  Y cuando la paciencia completa su obra, el resultado es madurez (otra manera de traducir perfectos, como aparece aquí).

Dios no habla el idioma de la comida rápida, él se toma su tiempo. Jesús comenzó a ministrar alrededor de los 30 años, y no sin antes pasar por 40 días de prueba y tentación en un desierto. Pero piensa conmigo, ¡30 años antes de poder hacer nada! El Señor vivió la escuela de la paciencia

¿Cuántas veces nosotros nos desesperamos porque los días pasan y las puertas no se abren, las situaciones no cambian, los planes permanecen congelados? El rey David pudiera hablarnos de su experiencia también. Ungido para ser rey, pero cuidando ovejas en el campo. ¡Paciencia! No obstante, ese tiempo fue crucial para desarrollar en él las cualidades del futuro líder y para conocer a Dios de manera muy personal, como lo vemos en los salmos.

Los árboles fuertes son aquellos que tienen cientos de años, con raíces profundas y troncos marcados por el paso del tiempo. Los arbustos se doblan y caen con una leve ráfaga de viento. Quienes vivimos en zonas de huracanes lo sabemos bien. Entonces, ¿hasta cuándo vamos a seguir pataleando porque la vida no se resuelve y no avanza a velocidad de microondas?

Podemos aprender a esperar, dejar que Dios obre y desarrolle en nosotros la paciencia y así la madurez. O podemos frustrarnos y lloriquear como el niño que no consigue lo que quiere, y de todos modos seguir esperando. La decisión es nuestra.

Creo que es mucho más sabio escoger el diseño de Dios y dejar el microondas para la cocina.

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