El precio de una persona

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Cuando entendamos realmente cuánto valemos para Dios, podremos entender el valor de todas las personas y hacer algo para que lo sepan.

Oigan esto, ustedes, los que explotan a los menesterosos y dejan en la ruina a los pobres de la tierra. Ustedes dicen: «¿Cuándo pasará la fiesta de luna nueva? ¡Entonces podremos vender el trigo! ¿Y cuándo pasará el día de reposo, para que abramos los graneros? ¡Achicaremos la medida, subiremos el precio, y adulteraremos la balanza! ¡Así podremos comprar a los pobres por dinero, y a los necesitados a cambio de un par de zapatos! ¡Hasta los desechos del trigo podremos vender!» Pero el Señor ha jurado por la gloria de Jacob: «¡No voy a olvidar ninguna de sus malas acciones!» – Amós 8:4-7

Cuando leo esta parte de la Biblia, recuerdo un caluroso día de verano hace años cuando fui a ayudar a una refugiada con algunos documentos en su trabajo. Tenía 70 años y era pequeña, con huesos como los de un colibrí. Hacía trabajos de ensamblaje en St. Louis; imagino que ganaría el salario mínimo, pero no puedo estar segura.  De lo que sí estoy muy segura es de que no tenía seguro de salud a través de su trabajo.

Lo que más recuerdo fue la ráfaga de aire caliente que me llegó cuando entré en el edificio en el que ella estaba de pie. “De pie", digo; no había sillas para los trabajadores, y ni siquiera piso. El edificio no era más que una cabaña de metal en medio del estacionamiento de asfalto cerca de un centro comercial. No había aire acondicionado ni ventanas. Debe haber estado a 120 grados allí. No me sorprendió cuando se desmayó.

No sabíamos cómo ayudarla. La llevamos al hospital, lo que resultó en una factura que no podía pagar. Pero no podía darse el lujo de dejar de trabajar en la fábrica de explotación: su familia necesitaba el dinero. Y no había otros trabajos para los cuales estuviera capacitada, al menos ninguno que no tuviera las mismas condiciones de trabajo imposibles.

¿Cuánto valía su vida?

Para sus hijos y nietos, ella valía todo. La amaban y ella era el sostén de la familia. Para sus jefes, bueno, ella era una trabajadora fácilmente reemplazable. Siempre hay otra persona desesperada que quiera hacer ese trabajo. Y todos sabemos que a la fábrica de explotación no la van a cerrar

¿Y el trabajo en sí? Bueno, creo que era una especie de juguete de plástico. El tipo de cosa que sirve durante una semana y luego se rompe y se tira a la basura. El costo de unos pocos dólares. El valor de su vida.

“¡Así podremos comprar a los pobres por dinero, y a los necesitados a cambio de un par de zapatos!” Estas cosas: injusticia y peligro y pobreza profunda, suceden en Estados Unidos. Puede que te estén pasando a ti. Ciertamente están sucediendo a tu alrededor, posiblemente a tus hijos o nietos, probablemente a tus vecinos.

¿Y a quién le importa? A ti, espero. Al Señor Jesús, ciertamente. Porque Él es quien compró a cada uno de nosotros, seres humanos, a un costo infinito: a costa de su propia vida. A los ojos de Jesús no eres un juguete de plástico desechable; eres apreciado y valioso, ya seas rico o pobre, estés cómodo o sufriendo. Y también tus vecinos.

ORACIÓN: Querido Señor, ayúdame a comprender el valor que Tú nos asignas y a mostrar el mismo amor y valor a mi prójimo. Amén.

Preguntas de reflexión:

1. ¿Qué te ayuda a recordar el inmenso valor que Jesús da a tu vida?

2. ¿Conoces a alguien que esté sufriendo en este momento? ¿Cómo puedes ayudar?

Por: Dra. Kari Vo

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