El poder de las palabras

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No sólo debemos cuidar nuestras palabras, sino examinar nuestro corazón, la fuente de las mismas.

“Muerte y vida están en poder de la lengua, y los que la aman comerán su fruto” Proverbios 18:21.

Vivimos en una época donde uno de los valores más elogiados es el derecho de decir lo que queremos. Cada opinión tiene el mismo valor, esté o no basada en la verdad. Nuestras palabras se usan como espadas para atacar a otros y justificarnos a nosotros mismos, y si te ofendes por mis palabras, pues es tu problema.

La lengua es poderosa. Con ella es fácil dañar, pero a la vez es tan difícil sanar las heridas que las palabras pueden causar. Recuerdo escuchar decir a una mujer que el Señor nos dio dientes y labios como frenos para detener el daño que somos capaces de producir. Sin duda, debemos ser cuidadosos con nuestra lengua.

La Biblia nos muestra diferentes formas en que las palabras pueden herir. Salmo 64:3 dice “afilan su lengua como espada, y lanzan palabras amargas como flecha…”. Salmo 140:3 también dice, “Aguzan su lengua como serpiente; veneno de víbora hay bajo sus labios”. Al parecer, el Señor no esconde el daño que somos capaces de hacer con nuestra lengua. Al contrario, no solamente nos informa que nuestra lengua es peligrosa sino que también nos deja en Su Palabra las formas de cuidarla para edificar y no destruir.

“En las muchas palabras, la transgresión es inevitable, pero el que refrena sus labios es prudente” (Proverbios 10:19).

“Pero Yo les digo que de toda palabra vana que hablen los hombres, darán cuenta de ella en el día del juicio” (Mateo 12:36).

En fin, no se trata de solamente cuidar nuestras palabras, sino principalmente de examinar nuestro corazón, la fuente de las mismas.

Hablar en amor

Nuestro Señor es el único que sabe usar las palabras con perfección. El creó todo con Su palabra (Juan 1). La Palabra de Dios crea, mientras nuestras palabras destruyen. Interesantemente, en Génesis cuando Dios estaba creando el mundo, la palabra hebrea para “decir” es “‘amar”. Es la misma palabra usada en el Salmo 33:9, “Porque Él habló (‘amar), y fue hecho; Él mandó, y todo se confirmó”.

Para los creyentes de habla hispana, la palabra en hebreo (‘amar) es un buen recordatorio de la razón de la creación de Dios. Mientras nuestra palabra “amar” en español significa algo muy diferente, puede ayudarnos a recordar que Dios nos creó porque nos ama y porque Él mismo es amor (1 Juan 4:8). Él no nos necesita pero nos ama, y nos dio vida en Su Hijo para salvarnos de la ira de Dios y del pecado que mora en nosotros mismos. 

Cada palabra importa

Santiago también nos da una advertencia sobre la lengua:

“Con ella bendecimos a nuestro Señor y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que han sido hechos a la imagen de Dios. De la misma boca proceden bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así” (Santiago 3:9-10).

Nuestras palabras deben ser usadas para amar y no para destruir. Los cristianos deben ser reconocidos por su amor, primero para con Dios y luego para con otros (Marcos 12:28-31). Nuestras palabras deben ser usadas para ayudar, sanar, enseñar, edificar y, de mayor importancia, para proclamar las buenas nuevas de Jesús.

Antes de hablar debemos preguntarnos, ¿lo que voy a decir edifica? ¿Pueden estas palabras causar daño? Aun en la instrucción y confrontación nuestras palabras deben ayudar y no condenar (Gálatas 6:1). Nunca olvides que todos tendremos que rendir cuentas por nuestras palabras (Mateo 12:3). Y aunque la lengua es difícil de controlar, no es imposible. El Espíritu Santo hace posible nuestra obediencia a Su palabra. Amar a Dios significa obedecerle (Juan 14:21) y el Espíritu Santo es quien produce el fruto del Espíritu en nuestras vidas (Gálatas 5:22-23).

Puede ser que ahora mismo sientas que eso es imposible. Has tratado de controlar tu lengua pero cuando estás enojada es como si tuviera su propia mente y pecas. No te des por vencida. Dios está usando estas situaciones para revelarte tu corazón, tu inhabilidad de hacer las cosas sin Él.  

Evalúa cuáles son tus debilidades y por qué. Luego, haz un plan para poder enfrentar estas situaciones en el futuro. Busca el tipo de respuesta que no hiere, que no daña y que refleja a Jesucristo.

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