El perdón tiene dos caras

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Un corazón tocado por el amor de Dios en Jesucristo estará siempre dispuesto a perdonar a quienes lo rodean.

“¡Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides ninguna de sus bendiciones! El Señor perdona todas tus maldades, y sana todas tus dolencias.” – Salmo 103:2-3

Aprecio este salmo como uno de los pasajes más hermosos del corazón de David sobre la verdadera naturaleza del perdón de Dios. El Señor no solo perdona y sana, sino que corona nuestra vida con bienes y fortaleza, renovando diariamente nuestros pasos con su poder. El Señor es misericordioso, lento para la ira, lento para reprender. Él no lleva la cuenta ni paga nuestras reincidencias y falta de fidelidad como merecemos. Nuestros pecados son removidos de nuestras vidas, separados de nosotros como los cielos están de la tierra y el este del oeste y arrojados a las profundidades del mar para que nunca más sepamos de ellos (ver Isaías 38:17; Miqueas 7:19). ¡Misericordioso, lleno de gracia, compasivo, sufrido, constante en el amor es nuestro Dios! Sin el perdón de Dios no hay vida ni salvación, pero con su perdón, las puertas del paraíso están abiertas de par en par. Pero el perdón tiene dos facetas: viene de Dios a ti, y va de ti a tu prójimo.

Tu prójimo no solo es tu vecino, sino también las personas más cercanas: tu cónyuge, tus hijos, tus padres, tus compañeros de trabajo, quienes se sientan al lado tuyo en la iglesia. Un corazón tocado por el amor de Dios en Jesucristo estará siempre dispuesto a perdonar a quienes lo rodean, que a menudo causan el mayor dolor en la vida. ¿No puedes perdonar a tu cónyuge, a tu hijo, a tu amigo o a ese compañero de trabajo? Entonces, vuelve tu rostro a Dios y recuerda la cruz brutal y sangrienta de Cristo: él es la única razón por la que Dios te perdona tus reincidencias y tu falta de fidelidad. Luego, mira a tu prójimo y verás que esa misma cruz está entre tú y él. Entonces, perdona así como Dios en Cristo te ha perdonado (ver Efesios 4:32).

El perdón de Dios no es condicional: él no requirió pruebas que demostraran que merecíamos el sacrificio de Cristo. El perdón tampoco es gratis; llegó con un precio muy alto: la cruz de Cristo y una obligación sagrada.

Los antiguos romanos usaban a los dioses griegos para sus propios propósitos religiosos. El dios romano Jano, exclusivamente romano, fue la excepción. Jano era el dios de la puerta, un dios de dos caras que miraba hacia adelante y hacia atrás. Para los romanos, enero era el mes dedicado a Jano ya que inauguraba nuevos comienzos y marcaba antiguas salidas.

Tu Dios, hermano cristiano, es infinitamente mayor. Sus ojos ven toda tu vida, tu pasado y tu futuro. El Señor mira tu vida y en Cristo Jesús te perdona todo. Tal perdón incondicional viene con una obligación sagrada, porque el perdón de Dios tiene dos caras: perdona a los demás, así como has sido perdonado en la cruz de Cristo.

ORACIÓN: Padre celestial, cuando me resulte difícil perdonar a otros los males que me han hecho, levanta mis ojos hacia la cruz, y aprenderé a perdonar una vez más. Amén.

Por: Dr. Mark Schreiber

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