El mejor propósito de vida

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Todas las personas sueñan con ser felices, pero la felicidad no se puede confundir con el bienestar.

En el transcurso de la vida se suelen conocer personas que se destacan por diversas características, condiciones o cualidades. Son personas que pueden impactar a otros por lo que han hecho, por lo que han dicho, o por lo que han sido. De todos, quizás estos últimos son los que dejan una huella más profunda e imborrable en el corazón de los que han tenido la oportunidad de estar cerca de ellos.

Cuando se presentan o recuerdan a las personas, es común iniciar señalando sus condiciones profesionales, los puestos o posiciones más destacadas que han ocupado, las obras o proyectos que han concretado. Pero es poco frecuente encontrarse con la presentación de alguien a partir de sus rasgos o cualidades personales.

El mundo de hoy privilegia mucho los títulos profesionales, las posiciones laborales, los bienes materiales, las posesiones de propiedades y lo abultado de las cuentas bancarias, mientras margina otras valoraciones más cercanas a la esencia de las personas, a lo que son en su interior e intimidad fundamental.

El mundo postmoderno se ha enfocado más en el tener que en el ser y este propósito conduce a las personas a comportarse con afán en procura de objetivos materiales y consumistas. Con impaciencia las personas tratan de obtener bienes como si fuesen necesidades básicas y, cuando esto no se logra a corto plazo, se genera frustración, enojo y depresión. 

Se suele confundir la felicidad con el bienestar que puede obtenerse a partir de lo que proporcionan los factores externos, como por ejemplo los bienes materiales, la compañía de otras personas o amistades, o bien el reconocimiento o aprobación de los demás. Porque la felicidad, por el contrario, es producto más bien de lo que se produce en el interior de cada persona, es decir el aprecio y la satisfacción por lo que se posee en esos intangibles como la paz, la libertad, el gozo y el amor.

Durante mi existencia, he tenido la oportunidad de conocer a personas tanto con muchos como con pocos bienes materiales, cuyo propósito de vida ha sido la búsqueda de la felicidad. En ellos he notado que, efectivamente, más que los muchos o pocos bienes o recursos que poseen, lo que los hace realmente felices está en su interior. Y de todo lo bueno que se encuentra  en sus corazones, lo más destacable es el amor que tienen para los demás.

En efecto, a partir de lo que he observado, las personas más felices se caracterizan por ser agradecidas, buenas y amorosas. Agradecidas, porque se sienten felices y disfrutan con lo mucho o poco que poseen, dan gracias a Dios porque se consideran bendecidas por cosas básicas pero fundamentales como la salud, el trabajo y el bienestar familiar.

Buenas, porque en sus corazones no hay cabida a sentimientos de rencor, odio, resentimiento, envidia o venganza. Son generosas, misericordiosas, compasivas y genuinamente interesadas en las necesidades del prójimo. Y amorosas, porque el amor es el sentimiento que predomina en sus vidas, el que incide en la mayoría de sus decisiones y el que mueve sus acciones. 

Yo conocí a un hombre así. Era una persona con gran conocimiento y sabiduría, afable y sonriente, siempre con una palabra de ánimo y afecto oportuno en sus labios, con una mirada atenta y dispuesta dirigida a sus interlocutores, con un oído permanentemente disponible para escuchar a todo aquel que se le acercaba en procura de un consejo.

Era una persona buena y agradecida, con un corazón del que brotaba únicamente amor. Nunca lo escuché hablar mal de nadie, nunca lo observé albergando resentimiento alguno por una acción injusta en su contra, nunca dejó crecer en su mente algún pensamiento malsano hacia nadie. Fue una persona que decidió hacer del amor su propósito de vida.

Fue una persona sin afanes, tranquila, sin abrir espacios para la codicia, la envidia o ambición desmedida. Disfrutaba de las pequeñas cosas, de los gestos generosos, de los detalles significativos de la vida. Apasionado de su familia, de la lectura, de la música y de la cultura. Siempre decía que en cada una de las manifestaciones del arte se encontraba la huella del amor.

Buscaba alejarse del ruido, del reconocimiento y del aplauso, prefería que el foco de atención no estuviera dirigido hacia él, su recompensa estaba en el disfrute de lo que realmente lo hacía feliz. Aunque era un hombre muy culto, inteligente y de un vasto conocimiento, con solo acercarse a conversar con él se podía apreciar su humildad y sencillez. Esos dos atributos, que solo pueden provenir de corazones grandes, de mentes lúcidas y de espíritus superiores.

Y es que una persona así, solo buenos frutos puede cosechar. Nunca tuvo enemigos, por el contrario, siempre fue visitado y apreciado por buenos y auténticos amigos, los cuales provenían de lugares y tiendas muy diversas. A mí me sorprendía mucho observarlo con intelectuales, educadores, líderes religiosos, artesanos o campesinos, todos sintiéndolo igualmente cerca, como si formara parte de ellos mismos.

Esa gran identificación solo la logra el amor genuino hacia los demás, el amor incondicional y desinteresado. Y así era esta gran persona, mi abuelo, un educador por vocación, un consejero por pasión y un amante de la vida por convicción.

Porque si hay algo que puede perdurar y trascender es el amor. Si se quiere tener el mejor propósito de vida es hacer del corazón un lugar en donde solo pueda habitar el amor. Lograr vaciar el corazón de cualquier sentimiento que empañe la transparencia del afecto, el respeto y el interés por la otredad. Desalojar de la mente y del corazón todo asomo de egoísmo e individualismo.

Con la habitual y reconocida sabiduría que le caracterizaba, el científico Albert Einstein una vez dijo: "Vivimos en el mundo cuando amamos. Solo una vida vivida para los demás merece la pena ser vivida". La vida es esencialmente amor, y el amar es definitivamente el mejor propósito de vida.

Por Jesús Rosales Valladares

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