El deseo de pelear

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Cada vez que iniciamos o propiciamos una pelea estamos trabajando para Satanás y sus planes.

Cuando los mafiosos de Nueva York resolvieron tomar represalias contra los miembros de las bandas rivales en una guerra total, decidieron “ir a los colchones”, es decir, se fueron de sus casas y vivieron en lugares secretos para lanzar sus ataques con la esperanza de evitar que fueran detectados por parte de sus enemigos. Por su parte, en los tiempos del Antiguo Testamento los civiles enojados que estaban dispuestos a convertirse en guerreros decidieron "ir a las tiendas".

La nación de Israel tuvo tensiones entre el norte y el sur, tan malas o peores que las que se vivieron en los Estados Unidos en el siglo 19. Incluso durante el reinado de un rey tan grande como David, los odios regionales se calentaban a fuego lento y la gente estaba deseosa de pelear; sólo se necesitaba una chispa. “Un hombre perverso llamado Seba . . . tocó la trompeta, y exclamó: «No tenemos parte con David, ni heredad con el hijo de Isaí. ¡Cada uno a su tienda, Israel!»” (2 Samuel 20:1,2).

¿Tiene usted mal genio? ¿Se cocinan en su pecho, a fuego lento, viejos rencores? ¿Quiere pelear? ¿La descarga de adrenalina que lo incita a “abalanzarse” sobre alguien lo está tentando? Comprenda que cada vez que inicie o propicie una pelea está trabajando para Satanás y sus planes.

Jesús vino a la tierra como el Príncipe de la paz, le puso fin al conflicto entre Dios y sus criaturas, y pronunció la bendición divina sobre todos los pacificadores. La verdadera fuerza se demuestra en el autocontrol y la moderación.

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