El aprendiz

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Ser cristiano significa decidir el tipo de ser humano que quieres ser, tomando a Jesús como modelo aunque en el transcurso del camino eso te pueda costar la vida.

“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará.” – Marcos 8:34, 35

“Soy Cristiano”

Eso es todo lo que Sanctus, un diácono de Viena, respondía a sus torturadores. Mientras los soldados romanos le interrogaban con violencia –rompiéndole los huesos con mazos y quemándole la piel con un hierro candente a fin de hacerle renunciar a su Fe e intentando forzar una confesión, una declaración falsa en contra de sus hermanos en la cual delatara sus nombres y el lugar de reunión– Sanctus contestaba a todas sus preguntas con una sola declaración: “Soy Cristiano”.

Mientras toda la fuerza del Imperio Romano presionaba a Sanctus con el fin de doblegarlo, encontraron en su alma una presión mayor que no podían vencer: Su fuerte identificación con Cristo. Para él, toda su identidad, incluido su nombre, nacionalidad y profesión, se encontraban en Cristo. Y esta se convirtió en su única confesión: “Soy Cristiano”.

Eusebius, historiador de la Iglesia en el Siglo II quien relató la persecución de la Iglesia bajo el gobierno del emperador romano Marco Aurelio, alrededor del año 177 d. C., describe la historia de este mártir diciendo: “Mientras los hombres malvados esperaban que Sanctus dijera lo que no debía a través de continuas y severas torturas, hizo uso de su valentía y se enfrentó a ellos con tal firmeza que ni siquiera les reveló su nombre, la nación o ciudad a la que pertenecía, si era esclavo o libre, pero contestó en lengua romana a todas sus preguntas: “Soy cristiano” [EUSEBIUS, Historia de la Iglesia].

Sanctus, como ha ocurrido con muchos otros cristianos a lo largo de la historia, había enraizado su identidad tan profundamente en Cristo que intentar que renunciase a su fidelidad a Jesús era tan difícil como intentar separarle la piel de los huesos. Ser cristiano era la suma de toda su existencia.

Finalmente, murió devorado por las bestias en el anfiteatro romano, mientras sus verdugos esperaban que con su muerte se frenase el incontrolable crecimiento de las comunidades cristianas en la región. En aquellos tiempos intimidaban y desalentaban a los cristianos a través de la marginación, la tortura y la muerte. Pero lo que los verdugos no sabían, ni han entendido a lo largo de toda la historia, es que la sangre de los mártires es el combustible que prende el corazón de la Iglesia, la cual es fiel a Cristo y provoca un crecimiento incomprensible de la misma.

Lo que significa ser cristiano

Me preocupa que lo que significa para nosotros “ser cristianos” hoy en día sea diferente a lo que significaba para Sanctus o para la iglesia primitiva. Para todos aquellos que a lo largo de la historia han entendido correctamente la invitación de Jesús a seguirle, ser cristiano se ha convertido en algo más que una proclamación religiosa. Es algo más que ir los domingos a una reunión e intentar ser una buena persona entre semana.

Ser cristiano es más que un título, es un nuevo estilo de vida que define radicalmente una nueva forma de pensar, de sentir y de actuar. Una nueva forma de enfrentar las situaciones que tiene serias implicaciones en la manera en la que vives, cómo te ves a ti mismo y el mundo en el que estás. Ser cristiano no es un título que puedas añadir a tu currículum, a tu equipo de fútbol o a tus preferencias políticas; ser cristiano define radicalmente tu identidad, define el tipo de ser humano que quieres ser: Un ser humano al estilo de Jesús.

Pero ser cristiano no sólo tiene que ver con cómo vives, sino también con cómo mueres. Cuando Jesús nos invita a seguirle, a continuación nos ofrece abrazar nuestra cruz, que en el contexto en el cual Jesús pronunció esas palabras, estaba invitando a abrazar un instrumento de muerte. Su invitación a abrazar la cruz es la invitación a abrazar un estilo de vida que te puede costar la muerte.

De acuerdo con el Libro de Hechos de los Apóstoles, que relata cómo surgió y cómo se extendió la Iglesia primitiva, fue en Antioquía donde “a los discípulos se les llamó cristianos por primera vez” [Hechos 11:26]. Según los lingüistas, este nombre es una reproducción del griego “Christianoi”, cuyo significado literal es “aquellos del Cristo” y tiene un sentido de identificación y pertenencia. Lo interesante es que los no creyentes utilizaron este nombre para intentar ridiculizar a aquellos que seguían a un Cristo crucificado, es decir, era un insulto, o si lo prefieres, un mote.

No tenemos que olvidar que, como explica Pablo en la carta a los Corintios, un Cristo crucificado era “para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura” [1 Corintios 1:23]. Sin embargo, lo que comenzó siendo un motivo que los no creyentes utilizaban para ridiculizar a los creyentes, pronto fue asumido como un motivo de honra para los creyentes. Porque para ellos no existía mayor honor que ser identificados, no por su nacionalidad, ni su profesión, ni su status social, sino por su lealtad a Jesús.

Aunque el nombre “Cristiano” comenzó siendo una broma, debido al ejemplo de los que lo portaron con honor, se ha convertido en el nombre más serio. Un nombre con serias implicaciones. Por lo tanto, ser cristiano significa identificación y pertenencia completa a Jesús. Significa decidir el tipo de ser humano que quieres ser, tomando a Jesús como modelo, aunque en el transcurso del camino eso te pueda costar la vida.

Aplicación personal

Si te llamas cristiano, estás definiendo el tipo de ser humano que quieres ser, un ser humano al estilo de Jesús. Si entiendes esta verdad, debería cambiar tu manera de leer los Evangelios y de acercarte a los relatos de Jesús. A partir de este momento, te invito a leer su historia, no sólo como algo que admirar, sino como algo que imitar. Mientras lees sus palabras y hechos, el Espíritu Santo desea formar en ti un corazón más parecido al corazón de Jesús, que ame lo que él ama y odie lo que él odia, hasta llegar al punto en que camines a través de tu vida cotidiana con una pregunta presente en tu mente: ¿Qué haría Jesús en mi lugar?.

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