El amor perdona

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No estamos llamados a perdonar porque alguien se lo merece. Perdonamos porque el amor lo requiere.

Pasaje Bíblico: “Más bien, sean bondadosos y compasivos unos con otros, y perdónense mutuamente, así como Dios los perdonó a ustedes en Cristo” – Efesios 4:32

Se nos promete perdón por parte de nuestro Padre porque su perdón es ofrecido en completa gracia. Efesios 1:7 dice: “En [Jesús] tenemos la redención mediante su sangre, el perdón de nuestros pecados, conforme a las riquezas de la gracia”. No hemos hecho nada para merecer el perdón que Dios libremente decidió brindarnos. Dios nos ofrece el perdón porque él es amor; se trata de su misma naturaleza. Y como Jesús demostró a través de su muerte, el amor perdona.

El pecado se interponía entre Dios y nosotros como un gran abismo que separa a un vagabundo de un oasis; y fue tan grande el amor del Padre por nosotros que envió a su único Hijo para que podamos ser perdonados con justicia. Jesús llevó plenamente el peso de nuestro pecado. Al hacerlo, recibió la ira de Dios en nuestro lugar para que podamos tener una relación restaurada con nuestro Padre celestial. Dejó a un lado lo que era justo para sí mismo y eligió brindar gracia. “Al que no cometió pecado alguno, por nosotros Dios lo trató como pecador para que en él recibiéramos la justicia de Dios” (2 Corintios 5:21).

El cristianismo es la única religión donde la salvación se basa en la gracia y no en las obras. Dios, en su amor, ha puesto ante nosotros un camino fundado en la misericordia, y nos llama a hacer lo mismo por los demás. Como hijos de Dios, traídos a su familia únicamente por su gracia, debemos perdonar como Dios nos ha perdonado. Colosenses 3:13 dice: “de modo que se toleren unos a otros y se perdonen si alguno tiene queja contra otro. Así como el Señor los perdonó, perdonen también ustedes”. Jesús modeló el perdón a la perfección al entregar su propia vida por ti y por mí. Para que podamos perdonar a otros, debemos ser como Jesús y morir a nuestros propios derechos por el bien de la persona que nos ha perjudicado. El perdón requiere humildad. Ofrecer una gracia inmerecida es toda una decisión porque “así como el Señor los perdonó, perdonen también ustedes”.

Piensa en tu propia vida por un momento. ¿Quién sientes que te ha hecho mal? Podría ser una pequeña herida. Podría ser un pecado que cometieron contra ti y alteró tu vida. Tal vez un padre te dejó. Tal vez fuiste abusado. Tal vez perdiste una oportunidad de trabajo que debería haber sido tuya. Tal vez fue una palabra que alguien dijo en tu contra y que te hizo daño. Cualquier pecado que se cometió contra ti, grande o pequeño, tráelo de nuevo a tu mente y vuelve a sentir esa injusticia.

Ahora reflexiona por un minuto sobre el pecado del mundo cometido contra Dios. La historia de la humanidad es una caída de la perfección debido al orgullo. Hasta ahora, en todas las épocas, el hombre ha elegido su propio camino por sobre el de Dios y, por lo tanto, ha perpetuado el ciclo de pecado y destrucción en el que vivimos hoy. Dios puso su juicio por los pecados de toda la humanidad, pasada y presente, sobre la persona de Jesús porque no quería vivir separado de ti y de mí. Todos hemos sido perjudicados, pero nadie más que Dios. Cada día la humanidad se aleja de Dios.

Dios llora por lo que te han hecho. Él conoce tu dolor porque la gente le hace daño cada minuto de cada día. Pero aun así, él elige perdonar porque no hay amor sin perdón. No hay vida abundante sin la restauración de la relación. No hay gozo ni para Dios ni para nosotros cuando endurecemos nuestros corazones y vivimos priorizando lo que es justo en lugar de aquello que es bueno.

No estamos llamados a perdonar porque alguien se lo merece. Perdonamos porque el amor lo requiere. Perdonamos porque la vida abundante lo requiere. Elige hoy el amor por encima de tu propio sentido de justicia. Elige ser como tu Padre celestial y perdona a quienes te han ofendido. Elige ser un hacedor de Colosenses 3:13: “[perdónense]… si alguno tiene queja contra otro. Así como el Señor los perdonó, perdonen también ustedes”No fuiste creado para vivir con el peso de la falta de perdón, así que no lo cargues más. El Espíritu te ayudará. Él te dará la fuerza y ​​el coraje para hacer lo que parece imposible. Pasa hoy un tiempo en la presencia de Dios y perdona mientras Él te guía y te dirige.

Guía de Oración:

1. Medita en el corazón de Dios para perdonar. Permite que el perdón de Dios sea el tu propio fundamento.

“Tan lejos de nosotros echó nuestras transgresiones como lejos del oriente está el occidente” – Salmo 103:12

“El Señor es compasivo y justo; nuestro Dios es todo ternura. El Señor protege a la gente sencilla; estaba yo muy débil, y él me salvó. ¡Ya puedes, alma mía, estar tranquila, que el Señor ha sido bueno contigo!” – Salmo 116:5-7

2. Pregúntale al Espíritu a quién necesitas perdonar. Ya sea que la herida fuera pequeña o grande, ¿a quién necesitas ofrecer gracia hoy?

3. Perdona a esa persona. Perdónala en tu corazón ahora mismo. Si puedes, planea reunirte con esa persona para hablar sobre lo que sucedió. La torpeza o el dolor de la conversación nunca superarán la paz duradera que experimentarás al ofrecer gracia y perdón.

“De modo que se toleren unos a otros y se perdonen si alguno tiene queja contra otro. Así como el Señor los perdonó, perdonen también ustedes” – Colosenses 3:13

El perdón es un proceso. Pero es un proceso por el que vale la pena pasar. Analiza tu corazón inmediatamente después de que te hayan hecho daño. Encara el proceso de perdón en lugar de permitir que la herida se vuelva a abrir una y otra vez. El proverbio francés dice: "Escribe en la arena las ofensas y talla en la piedra los actos amables". Está bien que te lastimen. Solo es dañino si escribes tus heridas en la piedra y dejas que permanezcan más tiempo del que deberían. Dios te ha diseñado a su imagen y te ha dado su Espíritu. Tienes la fuerza para perdonar. Así que elige el amor hoy y todos los días. Permite que el Espíritu obre en tu corazón sanando a través del maravilloso don del perdón, las heridas que la gente y la vida te han causado.

Lectura Complementaria: Colosenses 3

Por Craig Denison

 

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