Edifique

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¿Por qué nos cuesta tanto trabajo elogiar a otros?

Creo que sé por qué soy tan parco con los elogios. La mayor parte del tiempo estoy tan consciente de mis propios errores y deficiencias, que no puedo desperdiciar energía en exaltar a otra persona. Me convenzo de que dedicaré todas mis fuerzas a hacerles frente a mis propios problemas. Pienso que quizás si me ufano lo suficiente de mí mismo, puedo convencer a otras personas (y a mí mismo) de que soy importante.

Como es habitual en el mundo de Dios, la realidad es exactamente lo contrario (ya sabe que “los últimos serán los primeros”). He aquí otro maravilloso secreto de la bodega de Dios: la mejor manera de hacerle frente a su inseguridad es alabar a otra persona. ¡En serio! “La congoja abate el corazón del hombre; la buena palabra lo alegra” (Proverbios 12:25).

¿Está listo para atreverse a ser un siervo (en lugar de tratar de fingir que es un señor)? Usted está rodeado de personas abatidas y desaminadas que están gastando sus últimos recursos. Unas cuantas palabras de aprecio y elogio le cuestan menos de lo que pone en un parquímetro.

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