Dios y tus relaciones con el sexo opuesto

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Dios no prohíbe tener relaciones cercanas con personas de otro sexo, pero hay que tener ciertos límites para evitar una caída.

Si eres tan “joven” como yo, recordarás al robot de la serie “Perdidos en el Espacio” cuando alertaba a Will Robinson: “¡Peligro, peligro, peligro!”  Esa voz resuena cuando se trata de relacionarnos con miembros del sexo opuesto.

Hablo de relaciones con varones solteros o casados que no sean tu esposo, tu padre, o tu hermano. Ya sea que se trate de tu jefe inmediato, compañero de escuela o de la universidad, amigo de la familia, amigo de la niñez, hermano de la iglesia o hasta tu pastor.

No me vayas a malinterpretar. Los varones son perfectos amigos: cero drama, no Síndrome Pre-Menstrual (SPM), son prácticos, mayormente discretos y descomplicados. Por experiencia propia te diré que no hay nada mejor que la fidelidad de un viejo amigo. Y Dios me ha dado el privilegio de tener unos cuantos que aún conservo. Entonces...

¿Cómo relacionarnos con un caballero?

“El prudente actúa con cordura, pero el necio se jacta de su necedad”, (Proverbios 13:16).

1-Traza una clara línea divisoria.

Si eres casada o estás comprometida, o tu amigo es casado o está comprometido, involucren a sus cónyuges o parejas en la relación. Es difícil en situaciones cuando tu mejor amigo es aquel quien pasó contigo experiencias con las cuales tu esposo no se identifique. Aplica aquí la prudencia. Cuídate del uso de mensajes de texto y chats privados. Limita y define bien las reglas de encuentros a solas con un caballero independientemente de tu estado civil.  

Si necesitas ser aconsejada por tu pastor o algún anciano de tu congregación, hazte acompañar de alguien más, preferiblemente de una dama o su esposa. Todo buen pastor, consejero o líder espiritual prudente, sabrá lidiar con este tipo de situaciones y procurar cierta “visibilidad” mientras se da una reunión. Es lo saludable. La gran mayoría de las caídas en pecados de índole sexual, relación adúltera o fornicación, se han iniciado por conversaciones o encuentros inocentes que han escalado hasta llegar a convertirse en relaciones pecaminosas. Todo comienza pequeño.

Abigaíl, perfecto ejemplo de una mujer sabia y prudente, nos da una idea de cómo aun estando casada con un hombre cruel, respeta la posición de David cuando va a su encuentro: “ Cuando Abigaíl vio a David, se bajó rápidamente del asno y se inclinó ante él, postrándose rostro en tierra. Se arrojó a sus pies y dijo: —Señor mío, yo tengo la culpa. Deje que esta sierva suya le hable; le ruego que me escuche”, (1 Samuel 25:23-25).

Sabiendo que era merecedora de ser liberada, no se adelanta a los acontecimientos, ni se extralimita. Podemos leer toda la historia en 1 Samuel 25. Veremos que al final su comportamiento prudente le cosechó buenos frutos.

2- Establece tus valores no negociables.

Hazte una pequeña lista que revisarás todos los días antes de tus faenas diarias, sobre todo cuando te enfrentes a situaciones delicadas. En tu lugar de trabajo hazle saber a tu jefe y a tus compañeros de cuáles actividades no eres partícipe. Si sales en viajes de trabajo, lleva esta lista contigo. Puede que recibas presiones grupales para ir a lugares o participar de reuniones que no convienen. Escucharás esa vocecita que te dice: “No importa, sólo son unos minutos, además, andas sola”. ¡No la escuches! Es mejor prevenir que lamentar.

3- ¡HUYE!

Si ya estás dentro de una situación que te ha llevado más allá de tu límite, entonces, aléjate tan pronto como sea posible. Así lo hizo José con la esposa de su jefe Potifar. Y aunque la señora le ocasionó tremendo enredo mandándolo injustamente a la cárcel, leemos que: “… Jehová estaba con José y le extendió su misericordia, y le dio gracia en los ojos del jefe de la cárcel”, (Génesis 39:23).

Amada, como último recordatorio, la Palabra de Dios nos manda que “Así que sométanse a Dios. Resistan al diablo, y él huirá de ustedes”, (Santiago 4:7).

¡No estás sola!  Recuerda que “Dios no nos ha dado un espíritu de timidez, sino de poder, de amor y de dominio propio”, (2 Timoteo 1:7).

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