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Dios y mi salvación

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Ser perdonado significa tener una eternidad que se puede esperar.

David, rey de Israel, fue un gran héroe militar; conocía las dificultades y las emociones de la vida en la milicia. David también fue un mentiroso y un farsante; sabía por experiencia de primera mano cómo se acumula el pecado no confesado sobre la cabeza: como una nube negra que nunca se disipa por sí misma. El tiempo no sana todas las heridas. Las deudas contraídas no desaparecen, permanecen y generan intereses.

Es muy grande el alivio que se vierte a raudales en el corazón de un pecador cuando confía en Dios lo suficiente como para confesar su pecado, confiar en Sus preciosas promesas de perdón y confiar en que la culpa realmente se ha ido. “Mi pecado te declaré y no encubrí mi iniquidad. Dije: «Confesaré mis rebeliones a Jehová», y tú perdonaste la maldad de mi pecado” (Salmo 32:5).

Tener el gozo del perdón de Dios es mejor que saber que todos los saldos de las tarjetas de crédito han sido pagados, es mejor que el último pago de la hipoteca, es mejor aún que descubrir que el cáncer que padeció no va a volver.

Ser perdonado significa recuperar la vida, recuperar la alegría, recuperar el optimismo. Ser perdonado significa tener una eternidad que se puede esperar.

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