Dios, tú y el dinero (Parte 3)

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Siempre se ha dicho que todos los extremos son malos y hay dos posiciones sobre el dinero que, en la iglesia, traen mucha confusión.

En cuanto al dinero, existe en la iglesia de hoy dos posiciones extremas:

1-    "El creyente deber ser pobre, como lo fue Jesús". 

2-    "El pobre está en maldición. Dios quiere que los creyentes sean ricos y prósperos en lo material".

Siempre se ha dicho que todos los extremos son malos… y estos dos no son una excepción. Puede que esta explicación nos arroje alguna luz.

Rebatiendo la postura número 1, recordemos que es un hecho que Dios ha creado TODO en abundancia para que lo disfrutemos (Génesis 2: 8-14). Dios colocó al hombre en un Jardín y le dio el mandato y la libertad de trabajarlo y mantenerlo para su propia subsistencia. Esta intención original de Dios fue afectada por la entrada del pecado al mundo. El hombre entonces cambió el orden de prioridades e hizo de las posesiones materiales su propio Dios. 

Esto es lo que luego dio origen a la postura número 2. Entonces, un factor en común en ambas consideraciones es este: El dinero es visto, otra vez, como un fin: algo que procurar o a lo que hay que renunciar. 

Entonces, ¿cómo disfrutar u obtener dinero de forma que agrade a Dios?

1-     Por medio del trabajo. Ya lo dijimos antes: Dios encomendó a Adán el trabajar el Jardín mucho antes de la caída. Después de ésta Dios nos ha encomendado lo mismo, aunque con mucho más esfuerzo de nuestra parte.

2-     Por medio del ahorro. ¡Palabra clave! A lo que todas aspiramos y que es bien soportado por estos versos: “En casa del sabio abundan las riquezas y el perfume, pero el necio todo lo despilfarra”, (Proverbios 21:20).

3-     Por medio de una planificación adecuada. Jesús, al enseñarle a sus discípulos sobre cuánto cuesta seguirle, usa este verso como ejemplo:  “Porque ¿cuál de vosotros, queriendo edificar una torre, no cuenta primero sentado los gastos, si tiene lo que necesita para acabarla?”, (Lucas 14:28).

¡Pudiéramos desarrollar cada una de estas ideas por separado y extender este tema! Pero antes de esto, quisiera reconocer otro gran problema que tenemos nosotros los humanos y del cual los creyentes no estamos exentos. Adaptando el viejo poema “Desiderata” a este tópico, podemos afirmar que: “Si te comparas con los demás, te volverás vano y amargado;  Porque siempre habrá personas más ricas y más pobres que tú”.

Entonces, quisiera dejar esta reflexión por el momento. Muchas de nuestras luchas espirituales provienen del hecho de que no seguimos el consejo del Apóstol Pablo: “Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto”,  (1 Timoteo 6:8).

Amadas… ¿Cuántas veces no nos hemos encontrado quejándonos de nuestra situación, carencias y necesidades, y peor aún, preguntando por qué una vecina o hermana en la fe tiene más que nosotras? ¿O viendo cómo un infiel, no merecedor de nada – a nuestro entender – tiene más que yo y vive una mejor vida que nosotras?

Te dejamos con estas preguntas para tus fines personales:

¿Estoy viviendo una vida de contentamiento? ¿Cómo han afectado estas raíces de amargura mi relación con Dios y con los demás?

¿Cuál, a tu entender, es la diferencia entre contentamiento y conformismo?

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