Destellos de la eternidad

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Patricia de Saladín nos comparte cómo en un viaje familiar, las princesas de Disney le recordaron verdades eternas.

El año pasado tuvimos la oportunidad de hacer un viaje como familia. Era la primera vez que viajábamos todos juntos, incluyendo nuestros hijos y nietos. Dios nos regaló un hermoso tiempo, en el que me concedió ver con “otros ojos” algunas de las cosas que son el centro de entretenimiento de este tipo de vacaciones.

Fuimos a Orlando, Florida, y como era de esperarse en algunos de los días visitamos distintos parques temáticos.

A través de los años y de la madurez tanto física como espiritual, Dios va abriendo nuestros ojos a realidades eternas que son visibles a través de cosas cotidianas.  Pude ver muchas cosas que conocía pero que en realidad “no había visto” con los ojos espirituales.

Muchas de nosotras conocemos las historias de Disney y las princesas. Como mujeres nos cautivan la belleza, el colorido, el romance, el príncipe, la hermosa música y todo lo demás. Mientras veía y escuchaba esas historias, Dios me concedió el poder de ver muchas enseñanzas, y las animo a no verlas simplemente como un entretenimiento sino con un pensamiento crítico y con ojos espirituales, para poder discernir lo que hay detrás de ellas. Somos llamadas a examinarlo todo y a retener solo lo que es bueno. Sobre todo, debes ser muy cuidadosa si fomentas este tipo de entretenimiento en tus hijos.

Pero hay algo en particular que quiero compartir con ustedes.  Muchas de esas historias tienen una trama entre el bien y el mal. El mal entra en escena en un punto al inicio de la historia, cuando todo es perfecto. El mal incursiona y todo cae dentro de un hechizo o maleficio, que al final siempre se rompe gracias al amor y, en su mayoría, gracias a la aparición de un príncipe azul. Esto se ve claramente en algunas de las historias, como en una de las más recientes: Frozen. También en una de las más antiguas: La Bella Durmiente; y otras como La Bella y la Bestia; y ustedes conocen las demás. 

Mi sorpresa fue al percatarme de cómo estas personas que escriben, diseñan y producen estos cuentos, y que me atrevo a decir que en su mayoría no conocen a Dios, relatan la historia de la redención. A través de un cuento, podemos ver la entrada del pecado a un mundo creado por Dios donde Él había declarado que todo era bueno en gran manera. Y así como en Frozen, todo quedó congelado, en La Bella Durmiente, todo el reino quedó dormido, y en La Bella y La Bestia, el príncipe se convirtió en una bestia, sus empleados convertidos en enseres del hogar y todo rodeado de espinos. Todas estas escenas bien pudieran representar el punto cuando el pecado entró en el mundo y todo quedó sujeto a corrupción y vanidad. Por el pecado de un hombre el pecado entró en el mundo y, por el mismo pecado, la muerte.

Y al igual que en todas esas historias, se despierta en nosotras un sentido de justicia, un deseo de que todo vuelva a como era en un principio, que el bien venza al mal.  Es ese deseo que Dios pone en el corazón de todo hombre -porque hay eternidad en nuestros corazones- y la historia que se está llevando a cabo es una trama mayor de algo que no podemos ver con nuestros ojos, que esperamos por fe.

Estamos a la espera de ese día cuando la corrupción sea rota y nuestro príncipe azul venga. Nuestro Señor Jesucristo es el Amado de nuestras almas quien finalmente restaurará todas las cosas. Como dice Romanos, aguardamos con ansias, no solo la redención de las cosas creadas, sino que nosotras mismas aguardamos por ese día en que nuestros cuerpos serán glorificados y ¡celebremos la fiesta de bodas más hermosa que jamás se haya visto!

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