Desafío a dar gracias (Día 7)

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Así como no hay seres humanos perfectos, no hay iglesias perfectas y, aun así, Cristo la llama su esposa.

He sido miembro de tres iglesias. 

La primera fue la iglesia donde conocí al Señor, donde crecí y me formé en la vida cristiana. Fue también donde mi esposo y yo nos casamos. Era lo que pudiera considerarse una mega-iglesia, dado el contexto del país. Allí tuve mi primer trabajo/ministerio. Fue allí donde por primera vez enseñé la Palabra a otros, donde vi cómo la pasión por servir a Dios y predicar su mensaje está por encima de toda escasez o abundancia. 

Esa iglesia siempre tendrá un lugar especial en mi corazón, porque allí también conocí a muchos de los que hoy son mis grandes amigos.

La segunda iglesia fue en Canadá. Una congregación muy pequeña donde mi esposo y yo nos congregamos mientras vivimos en ese país. Era una nueva etapa para nosotros y allí pudimos servir al Señor de varias maneras y aprender un lado completamente nuevo del ministerio ya que estábamos en una cultura diferente, con costumbres diferentes. Recibimos el cariño de hermanos que apenas nos conocían pero que enseguida nos hicieron parte de su comunidad de fe. La recordamos con cariño.

La tercera es la iglesia a la que pertenezco ahora en los Estados Unidos. En esta tengo una mezcla de amigos de antes y de ahora. Los primeros emigraron como nosotros, los segundos los encontramos aquí. No es una iglesia grande, pero es como una familia grande para nosotros.

También ha sido una experiencia diferente, otro contexto distinto. Aquí también he crecido y el Señor me ha enseñado MUCHAS cosas. Es la iglesia donde mis hijos están formándose, donde han hecho sus primeros amigos. Aquí seguiremos sirviendo a Dios hasta que él decida otra cosa.

Me entristezco cuando veo a los cristianos mudarse de una iglesia a otra por cualquier disgusto: porque alguien no les saludó, porque la alabanza no incluye la música que les gusta o cosas por el estilo. Creo que Dios se entristece también. Somos miembros de un mismo cuerpo y esas cosas nos afectan a todos.

¿Y tú? ¿Te has puesto a pensar en tu iglesia? ¿En lo que tú representas? Cada uno de nosotros es valioso, no importa la función. Si Dios te puso allí, él espera que le sirvas en ese lugar y seas una parte activa de ese pequeño cuerpo... con tus ojos puestos en Cristo, que es la cabeza.

La verdad es que la iglesia es una bendición porque Dios nos creó para vivir en comunidad y nos necesitamos unos a otros. Y es en la iglesia donde su Espíritu se manifiesta como en ningún otro lugar.

Así como no hay seres humanos perfectos, no hay iglesias perfectas. Pero no podemos olvidar que Cristo murió por ella, le llama su esposa y vendrá a buscarla. Es un honor pertenecer a este cuerpo y un deber amarlo y cuidarlo.

Desafío para hoy: Piensa en tu iglesia y agradece a Dios por tres cosas específicas de la iglesia a la que perteneces.

Pasaje para memorizar: "¡Cuán bueno y cuán agradable es que los hermanos convivan en armonía!" (Salmos 133:1).

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