Deja de esperar la vida perfecta

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No podemos confundir la promesa de la vida abundante con tener una vida perfecta. Entenderlo nos ayudará a disfrutar más de lo que tenemos.

Nada como estar de vacaciones cerca del mar. El olor de la sal en el aire llena los pulmones y uno quiere seguir respirando y respirando como para tratar de almacenar lo suficiente y que al regresar a la ciudad todavía sigan llenos. 

No hay horarios, no hay apuros, ni metas con las cuales cumplir. El agua transparente nos baña los pies que se entierran en la arena, tan blanca que parece harina. 

El cabello pareciera necesitar unas cuantas horas en el salón, pero no nos importa porque otra vez se sumergirá en las olas y flotará libremente o quedará cubierto por el agua refrescante de la piscina. 

La mirada se pierde en la lejanía del horizonte que, entre un parpadeo y otro, nos recuerda que somos criaturas muy pequeñas ante esta inmensidad. 

Fue en medio de pensamientos y sensaciones como estas que escuché esta frase: “¡Verdad que no hay vacaciones perfectas!” Salió de la boca de mi hija, muy desanimada porque sus gafas para el agua, compradas el día anterior, habían desaparecido en lo azul del océano. La búsqueda fue infructuosa pues ya se sabe que es casi imposible encontrar algo que se pierda en el mar. 

De ahí surgió nuestra conversación acerca de lo importante y lo que no lo es. Ella siguió después nadando y yo me quedé pensando en su frase: “no hay vacaciones perfectas”. 

La realidad es que no hay nada perfecto bajo este sol, ni en el verano ni en el invierno. Ni de vacaciones ni cuando el trabajo nos agota. El mundo dejó de ser perfecto hace ya unos cuantos siglos, en un jardín precioso, cuando el ser humano decidió cambiar la perfección por la imperfección. 

Y aunque Dios en Su infinita misericordia nos dio en Jesús la alternativa, la oportunidad de una vida abundante, en algún momento decidimos que vida abundante es sinónimo de vida perfecta y, por lo tanto, los años que se nos conceden en este planeta los gastamos anhelando una perfección que solo está reservada para la eternidad con Él y la vida nos pasa por al lado, casi sin darnos cuenta. 

¿Estás en ese punto? ¿Estás soñando con una vida “perfecta” y frustrada porque no logras alcanzarla? Ríndete. Esa pelea nunca la vamos a ganar. Si aquí tuviéramos una vida perfecta, ¿para qué entonces necesitamos a Cristo? 

El secreto está en aprender a disfrutar el momento que Dios nos regala porque, mi querida lectora, la realidad es que no tenemos garantías de otro amanecer, ni de otra puesta de sol, ni de otras vacaciones, ni siquiera de otra semana de trabajo. 

Lo único que tenemos por seguro es el momento. Por eso tantas veces la Biblia nos recuerda que aprovechemos bien el tiempo, que no vivamos afanadas por el día de mañana… y, sobre todo, que entendamos la brevedad de la vida y lo hagamos con sabiduría (Salmos 90:12). 

¿Sabes? Cuando uno pasa cierta década, esa que incluso lleva el título de una canción para nosotras las mujeres, nos damos cuenta de que en verdad la vida es corta. Y también entendemos que cada día sobre este planeta es un motivo para agradecer y estar contentas.  

¿Que no todo es como quisiéramos? ¿Que los sueños todavía no se cumplen? ¿Que hay cosas que quisiéramos poder cambiar? Es verdad. Pero también es verdad que Dios nos bendice mucho más de lo que merecemos. Nos permite disfrutar momentos que debemos atesorar, diferentes y preciosos como los caracoles de la orilla del mar. 

No sigas esperando la vida perfecta porque nunca va a llegar; más bien decide vivir a plenitud tu vida imperfecta, dando gracias a Dios por cada minuto, por cada regalo de Su misericordia.  Si lo haces empezarás a encontrar la verdadera abundancia. Y te cuento algo, eso es lo que en verdad necesita tu corazón.

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