De letras, libros y conversaciones

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Si algo sabemos las mujeres es que, si no hay buena comunicación, las relaciones no funcionan. Y así ocurre con el Señor.

Después de 30 años, volví a encontrar un amigo que dejé de ver cuando los dos apenas éramos estudiantes y ahora es todo un escritor. Me sentí tan contenta del reencuentro que quise saber más de su vida y de qué había pasado en todos esos años, pero él es un hombre de muchas letras y pocas palabras, pues realmente no es que le guste hablar mucho.

Así que, para no estar tan despistada, traté de prepararme antes de un nuevo encuentro. Indagué un poco y encontré que de verdad ha publicado muchos libros, pero yo no había leído ninguno de ellos. Entonces busqué de urgencia lo que podía encontrar en internet para, al menos, saber algo.

Cuando se dio la oportunidad de volver a conversar, nuestro diálogo no fluía pues, a mis preguntas, él respondía: “¿has leído tal libro?” Pues no, no lo había leído, ni ése, ni ninguno, y aunque él se mostraba muy cortés, mi desconocimiento de lo que ya publicó impedía que pudiera disfrutar aún más de nuestra charla.

Me sentí abrumada, pues por no haber conocido a tiempo sus escritos, dejé pasar una oportunidad valiosa para disfrutar de una conversación que pudo ser mucho más profunda.

Ese momento en que me sentí tan mal, me llevó a pensar que así me pasa con Dios.

Escuché a alguien decir: “si quiere que Dios le hable, lea la Biblia; si quiere que le hable de manera audible, léala en voz alta”.

Si algo sabemos las mujeres es que, si no hay buena comunicación, las relaciones no funcionan. Y así ocurre con el Señor. Si queremos tener una buena amistad con Él, debemos conocer lo que Él tiene para decirnos cada vez que le hablamos.  Él nos responde de la manera más amorosa en Su Palabra y, en la medida en que la conocemos y atesoramos en nuestro corazón, esa respuesta fluye desde adentro en el momento en que más la necesitamos.

Yo soy de las mujeres que no recuerdo ni mi número de teléfono, así que siempre veo a las personas que recitan textos y versículos como algo inalcanzable para mí. Pero aun así, el Espíritu Santo se ha encargado de traer a a mi memoria la Palabra de Dios que he recibido. Es como esa semilla que sembramos bajo la tierra y de pronto vemos como germina.

“Así será mi palabra que sale de mi boca, no volverá a mí vacía sin haber realizado lo que deseo, y logrado el propósito para el cual la envié” (Isaías 55:11).

Por Marcela Sosa

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