Cuando los días son difíciles y el temor te ahoga

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Es bueno cuando las personas nos dicen que “todo estará bien", pero cuánto mejor si entendiéramos que esa siempre es la respuesta de Dios.

El día en que suena el teléfono y recibes la llamada que nunca quisieras recibir. Cuando la persona del otro lado te dice que todo está “normal” en el examen, pero necesitan hacer más estudios, así que te pide que hagas la cita para un ultrasonido.

Y mil pensamientos contrarios dan vueltas en tu cabeza y el futuro de pronto parece imposible. Y las preguntas se agolpan pidiendo respuestas rápidas que nadie te puede dar. Y las lágrimas te queman los ojos y tratas de contenerlas mientras miras a tu alrededor, contemplas a los que amas y te tragas las palabras. 

Y llega el día del ultrasonido. La muchacha del frente ya no tiene cabello porque lo perdió en la quimioterapia. Y la señora del lado no se explica cómo llegó hasta ese lugar si en su familia nadie antes ha tenido esa enfermedad. Dos voces más se suman a la conversación y mencionan nombres de médicos famosos y tratamientos efectivos… o al menos eso dicen.  

Y mientras todo esto pasa, los latidos de tu corazón se aceleran, los músculos se tensan y te preguntas si llegarás a ser parte del grupo, o no. 

Sí, yo viví ese día. Todo lo anterior. 

Pensé en muchas cosas, pero más que nada pensé en mi fe. En nuestra fe. Y en el Dios que es el autor y consumador de ella. ¡Qué palabras tan profundas y a la vez tan ignoradas esas del libro de Hebreos! 

“Hay que tener fe”, me dijo alguien en la escuela de mis hijos durante esa misma semana. Ella hablaba de otra cosa, pero no pude evitar interrumpirla y decirle: “Sí, pero fe en Dios, en Jesús. Porque cualquier otra fe es vana”.  Estuvo de acuerdo conmigo, aunque la cadena que cuelga de su pecho y el brazalete de su mano indican algo muy diferente. 

Sentada en aquella sala de espera comprendí que es en momentos como esos cuando nada más vale, ni queda, ni es suficiente. Solo Dios y nuestra fe en él. Él es el autor. Por él comenzó todo. Fue idea suya crearnos, salvarnos y llevarnos a una relación restauradora. Fue idea suya proveer en Jesús el medio para que al creer nuestra fe pueda ser consumada. 

Mientras las demás mujeres del salón intercambiaban ideas y experiencias, saqué el teléfono de mi cartera y me puse a leer la Biblia. Porque cuando sientes que el aire te falta y casi no puedes respirar porque el temor te está apretando las venas, solo la Palabra de vida te puede reanimar y darte el oxígeno que nunca se acaba.   

¿Y sabes? En momentos así es cuando la fe se ejercita. Es entonces que tenemos que aferrarnos a las promesas, aunque sea con los dientes. Y creer que sea lo que sea, Dios sabe lo que hace, él tiene el control y es Señor de mi vida, de tu vida. Señor y, por tanto, soberano. Él decide. 

No siempre Dios nos responde como quisiéramos, de manera extraordinaria, audible. No siempre llega un mensaje que confirma lo que quieres escuchar. Para eso está la fe. Para cuando no vemos, para cuando estamos esperando. El valle de sombra y de muerte es el campo de entrenamiento de la fe. No me cabe duda. 

Dios fue bueno y me mostró su gracia y misericordia. Salí de allí con una respuesta negativa (En el mundo de la medicina negativo es bueno y positivo es malo, ¡vaya contradicción!). 

Es bueno cuando los humanos te dicen: “Todo está bien, no hay nada por lo cual preocuparse”, pero cuánto mejor si entendiéramos que esa siempre es la respuesta de Dios: “Todo está bien, porque tu vida está en mis manos”.   

Mi querida lectora, tuve una semana difícil. Y esto que te cuento fue solo parte del cuadro. Quizá tú también la tuviste... o la tendrás, porque la realidad es que en este mundo o salimos de una prueba, o la estamos pasando, o estamos a punto de entrar a ella. Pero quiero que recuerdes lo que el Señor me recordó una y otra vez durante esos siete días: “Él es nuestra fortaleza”. 

Confía. Descansa. Cree cada una de sus promesas y cuando el miedo amenace con sentarse en el trono de tu vida, recuérdale que ese lugar ya le pertenece a uno que venció la muerte y te prometió su compañía todos y cada uno de los días de tu vida. Si hoy estás pasando por la prueba, susurra su nombre, él te escucha: Jesús. 

Te dejo este pasaje para meditar: “Ustedes se salvarán sólo si regresan a mí y descansan en mí. En la tranquilidad y en la confianza está su fortaleza” (Isaías 30: 15, NTV). 

Vive esta semana como Dios lo diseñó.

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