Cuando el desánimo toca a tu puerta

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Mientras que nos sentimos absolutamente solas e incomprendidas, abatidas en nuestro interior, no logramos percibir a Dios, quien nunca se alejó de nosotras.

“¿Por qué estoy tan desanimado? ¿Por qué está tan triste mi corazón? Pondré mi esperanza en Dios, nuevamente lo alabaré, mi Salvador y mi Dios. Porque cada día el Señor derrama su amor inagotable sobre mí, y todas las noches entono sus cánticos y oro a Dios quien me da vida” (Salmos 42.5, 8).

No hay ninguna persona en este mundo que no haya sufrido un tiempo de desaliento. Cuando este mal irrumpe nuestra paz, los días son más lentos y agotadores. Y las lágrimas se convierten en nuestro alimento. Comienza tan despacio que ni siquiera podemos notarlo, pero de pronto un día ya no tenemos fuerzas para nada. Nos hemos hundido en nuestra pena sin ver la salida.

Mientras que nos sentimos absolutamente solas e incomprendidas, abatidas en nuestro interior, no logramos percibir a Dios quien nunca se alejó de nosotras y quien sabe con exactitud el estado de nuestro corazón; quien ve nuestro sufrimiento y, más que todo, quien nos ofrece pronto auxilio.

Las Escrituras nos animan a tomar una actitud frente al desánimo en el Salmo 42:5, el cual dice: "¿por qué te abates ¡oh! alma mía? ¿Por qué voy a inquietarme? ¿Por qué me voy a angustiar? Mi esperanza he puesto en Dios, a quien todavía seguiré alabando. ¡Él es mi Dios y Salvador!"

El salmista reconoce que si pone su esperanza en Dios, nuevamente le alabará, y recuerda que Dios es su roca y su único refugio seguro. Más adelante el capítulo 43:3-4 eleva una oración notable. “Envía tu luz y tu verdad, que ellas me guíen, que me lleven a tu monte santo, al lugar donde vives, allí iré al altar de Dios, la fuente de toda mi alegría”.

En momentos de desconsuelo aunque no tengas vigor en tu alma, suplica ayuda divina y ora como el salmista ¡Oh Dios! ¡Roca mía, a ti clamo por socorro, sé mi amparo, mi fortaleza, sé mi ayudador!

Proclama conmigo:

“En paz me acostaré, y así mismo dormiré; porque solo tú, Jehová, me haces vivir confiado” (Salmo 4:8) ¡Su Palabra dará alivio a tu corazón!

¡El gozo del Señor es mi fortaleza!

Por Débora Dilge de Peralta

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