Creados para alabar

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La adoración hace parte de los propósitos por los que Dios creó al ser humano, pero es nuestra decisión a quién o qué adoramos.

¡Que alaben al Señor el sol y la luna! ¡Que alaben al Señor las estrellas refulgentes! ¡Que alaben al Señor los cielos de los cielos, y las aguas que están sobre los cielos! ¡Alabado sea el nombre del Señor! El Señor dio una orden, y todo fue creado. Todo quedó para siempre en su lugar; el Señor dio una orden que no se debe alterar. – Salmo 148:3-6

Este mundo parece lejos de estar en orden; de hecho, parece ser un desorden total. Los conflictos militares y políticos agitan a las naciones. Los desastres naturales y los provocados por el hombre, se arremolinan en todo el mundo. Sin embargo, en este mundo desordenado sí hay orden. El sol sale y se pone sin fallar, dando previsibilidad a todos nuestros días. La luna creciente y menguante marca los meses. Las estrellas y los planetas mantienen su curso y, a medida que avanzan, su movimiento es una canción de alabanza a su Creador.

El relato de la creación en Génesis refleja esta majestad ordenada. Con el poder de su Palabra hablada, Dios hizo que existieran la tierra, los mares y el cielo y es él quien marca el paso de cada nuevo día. En el sexto día Dios creó al ser humano, hombre y mujer, a su propia imagen: creados para servirlo y alabarlo y para cuidar del mundo que él había hecho.

Pero las personas que Dios creó no se mantuvieron en el orden en que fueron creados. Se rebelaron contra su Palabra y comieron de la fruta prohibida; “cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y honraron y dieron culto a las criaturas antes que al Creador” (Romanos 1:25a). Su desorden pecaminoso se extendió por el mundo y, como una enfermedad hereditaria, se transmitió de generación en generación infectando nuestras vidas.

Sin embargo, incluso en este mundo caído, "los cielos proclaman la gloria de Dios; el firmamento revela la obra de sus manos" (Salmo 19:1). Porque antes de la fundación del mundo, Dios planeó restaurar su creación a la majestad ordenada que decretó al principio, incluyendo a los seres humanos hechos a su imagen. Jesús, el Hijo de Dios, vendría a "reconciliar consigo todas las cosas, tanto las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz" (Colosenses 1: 20b).

Por la gracia de Dios, a través de la fe en Jesús, nuestros pecados son perdonados y somos reconciliados con Dios. Cada uno de nosotros es, en Cristo Jesús, una nueva creación. El salmista declara: "¡Que alaben al Señor el sol y la luna! Que alaben al Señor las estrellas refulgentes! ¡Que alaben al Señor los cielos de los cielos, y las aguas que están sobre los cielos!” Nos unimos alegremente a la alabanza de la creación a su Creador, que es un eco de la alabanza que viene, cuando “en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios el Padre” (Filipenses 2: 10-11).

ORACIÓN: Nuestro Dios y Creador, la tierra y los cielos declaran tu gloria. Por Jesús nuestro Salvador, acepta nuestra alabanza de agradecimiento hasta que llegue el día en que toda la creación doble sus rodillas para confesar que Él es el Señor. Amén.

Para reflexionar:

1. ¿Qué es lo que más te sorprende de la insignificancia del planeta tierra con respecto a la enormidad del universo?

2. ¿Qué significa para ti que Dios te haya creado?

Por: Dra. Carol Geisler

 

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