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Corre libre

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Cuando los pensamientos de condena vengan a tu mente, sigue el modelo de Jesús: responde con la Palabra.

“Porque como la altura de los cielos sobre la tierra, Engrandeció su misericordia sobre los que le temen. Cuanto está lejos el oriente del occidente, Hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones. Como el padre se compadece de los hijos, Se compadece Jehová de los que le temen.” – Salmo 103:11-13

Fui a la oficina de mi consejera una tarde de miércoles de diciembre que quedaría por siempre en mi mente. Ese día en particular, la distancia desde mi carro a su oficina pareció larga y mis pies se sentían como si estuvieran llenos de plomo. Había un pequeño escritorio marrón con una lámpara en la esquina izquierda de la habitación en la que me sentaría para tomar el té y hablar de lo que Dios estaba haciendo en mi vida. Mucho trabajo en el alma se hizo en esa habitación. Mi corazón se sentía cambiado después del tiempo, más tierno y libre a medida que caminaba junto a Dios.

Él es tan amoroso y paciente con nosotras.

Oraciones poderosas, lectura de la Biblia y Él haciendo la obra en medio de todo: Una vida quebrantada que realmente ha sido redimida.

Esta cita era más desafiante para mí porque Dios me estaba pidiendo algo. Mi corazón todavía tenía algo en el fondo y tenía que sacarlo de allí. Aunque había conocido a Cristo y caminado con Él la mayor parte de mi vida, quería hablar con alguien de confianza sobre la batalla que estaba librando con la vergüenza.

La vergüenza es un monstruo y sus primos son el miedo, la ansiedad, la depresión y la desesperanza y a estos les gusta vivir con ella.

Hablamos sobre cómo la vergüenza es plantada por la culpa, abonada por las memorias y regada por el secreto.

Mi corazón necesitaba sanidad total, pura y simple. Muchas raíces necesitaban ser sacadas y el Maestro Jardinero era el Único que realmente podía cuidar lo que estaba dañado. Aunque tenía experiencia en muchas victorias, la vergüenza todavía intentaba meter la cabeza en mi vida.

Mientras me sentaba, recuerdo mi corazón acelerado. Ella sabía mucho de mi historia, ella conocía mucho de mi historia como hija de predicador, el doloroso divorcio por el que pasaron mis padres y las heridas profundas que arrastraba desde niña.

El enemigo había colocado su objetivo en mi vida y yo tenía un corazón lleno de agujeros de bala. Conocí a Cristo a edad temprana pero después la vida, simplemente, sucedió. Me di cuenta en mis 20 años que, aunque amaba a Dios y le servía, estaba cansada. Llevaba una pesada maleta y no sentía que corría la carrera victoriosa que yo pretendía. Esa maleta contenía arrepentimientos, recuerdos y miedos sobre mi futuro. Llevarla a todas partes se había convertido en un hábito para mí.

“Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho.” – Santiago 5:16

Era tiempo de dejar la maleta y correr. Me senté en la oficina y lloré. Le dije que quería superar la vergüenza y caminar en la libertad que la muerte de Jesús me había dado. Dios había enviado a Su Hijo y eso era suficiente. Lo que hizo fue suficiente y la vergüenza ya no tenía lugar en mi vida.

Esta batalla que estaba enfrentando en mi mente solo podía ser ganada aplicando Su Palabra a cada mentira a medida que llegaban.

“Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más.” – Juan 8:10-11

Juan 8 es una de mis historias favoritas del Nuevo Testamento. Si somos honestas, creo que todas de una forma u otra podemos relacionarnos con la mujer de Juan 8. Aunque no nos enfrentamos con acusadores de carne y hueso, muchas personas luchan con acusaciones en su mente. En este pasaje, ella es expuesta en el acto del pecado por muchos acusadores que querían castigarla como merecía de acuerdo a la ley. Ella debió haberse sentido sin esperanza, avergonzada y sola.

Ser expuesta fue, en realidad, su camino a la gracia al ser lanzada a los pies del Único que no solo podía salvar su vida, sino también su alma.

A medida que la gente se acercaba para apedrearla, Jesús mostró Su compasión. Él calla a sus acusadores y le dice que está totalmente perdonada, que se vaya y que no peque más. Mientras los pensamientos de condena de tus acusadores vienen a tu mente, sigue el modelo de Jesús. Respóndele con la Palabra.

El antídoto a la vergüenza es la VERDAD.

Caminar sin esa mochila ha sido un cambio radical en mi vida. No solo quité todo lo que no servía, sino que las cambié por cosas como gozo, esperanza, paz y perdón. Oro para que recibas hoy Su amor y camines en el fruto que viene de Él: descanso y aceptación en Cristo. Él está para ti, Él te ama con un amor que puede ser medido y hoy te dice, vete y no peques más.

Por Meshali Mitchell

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