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Consolados en Jerusalén

Description

¿Cómo estás ayudando para que la iglesia, que representa a la Ciudad de Dios en el mundo, sea un lugar de refugio y de servicio para tu comunidad?

Todos ustedes, los que aman a Jerusalén, ¡alégrense y regocíjense con ella! ¡Llénense de regocijo por ella, todos los que por ella se han entristecido! Porque ella los amamantará en sus pechos, y los consolará y dejará satisfechos; ustedes serán amamantados, y disfrutarán de las delicias de su gloria. Ciertamente, el Señor ha dicho: «¡Miren! Voy a extender sobre ella la paz y la riqueza de las naciones, como si fueran un río desbordado. Ustedes serán amamantados y llevados en brazos, y mimados en el regazo. Yo los consolaré a ustedes como consuela una madre a sus hijos, y en Jerusalén hallarán consuelo.» – Isaías 66:10-13

Jerusalén significó muchas cosas para el pueblo en los días de Isaías. Además de ser la capital nacional y la sede de su rey, Jerusalén era el lugar donde Dios había colocado Su templo, el lugar donde todo Israel debía ir a adorar cada año. Eso le dio a Jerusalén un lugar especial en la mente y el corazón del pueblo: simbolizaba el reino de Dios, el lugar donde Dios se acerca a su pueblo y se reunía con ellos en paz.

Desafortunadamente, eso no era todo lo que Jerusalén significaba, como lo deja claro la mayoría del Antiguo Testamento. También era un lugar conocido por el pecado, un lugar donde la idolatría continuaba, a veces en el mismo templo de Dios. Era un lugar donde se oprimía a los pobres y se aceptaban sobornos para pervertir la justicia. Un lugar donde los horrores como el canibalismo ocurrieron durante los días en que estuvo sitiada. Jesús mismo se refirió a ella como "¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que son enviados a ti!" (Lucas 13:34a).

¡No es de extrañar que los profetas de Dios parezcan tener una relación de amor-odio con Jerusalén! Era un símbolo de lo mejor… pero también podía ser un símbolo de lo peor.

¿Te suena familiar? A mí sí. Jerusalén, en muchos aspectos, se asemeja a la iglesia cristiana aquí en la tierra: un lugar bueno y malo a la vez. Un lugar donde nos reunimos en la adoración y comunión, donde servimos juntos al pueblo de Dios y mostramos preocupación y amor los unos por los otros. Pero también es un lugar donde hay luchas de poder y frialdad de corazón, e incluso maldades históricas como las Cruzadas y la Inquisición. Como escribe Santiago: “Hermanos míos, ¡esto no puede seguir así! ¿Acaso de una misma fuente puede brotar agua dulce y agua amarga?” (Santiago 3:10b-11). Quienes amamos a la iglesia podemos caer en la desesperación. Vemos la gloria a la que Dios nos ha llamado como miembros del cuerpo de Cristo, los embajadores de Jesús en este mundo. Y luego vemos ... ¿qué? Nuestro pecado, avergonzando el Nombre que llevamos. ¿Quién nos puede ayudar?

Solo Dios puede verdaderamente limpiar y enderezar la manifestación terrenal de su reino. Solo Jesús puede purificarnos a nosotros, el pueblo de Dios, y convertirnos en “irreprensibles y sencillos, e intachables hijos de Dios en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual ustedes resplandecen como luminares en el mundo, aferrados a la palabra de vida" (Filipenses 2:15-16a). Él puede hacer esto, y lo hará. ¿Cómo no va a hacerlo si ya ha dado su vida por nosotros, para hacernos suyos?

ORACIÓN: Querido Padre, limpia tu iglesia y ayuda al mundo a ver a tu hijo Jesús a través de nosotros. Amén.

Para reflexionar:

1. ¿Por qué crees que Jerusalén pudo ser al mismo tiempo la ciudad de Dios y el lugar donde se mató a los profetas de Dios?

2. ¿Qué haces para que tu iglesia sea un lugar abierto y de servicio a tu comunidad?

Por: Dra. Kari Vo

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