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Con asombro de niño

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Dejemos que la grandeza, la belleza y el amor de esa santa noche nos hagan erizar la piel de nuevo.

Realmente ayuda ser niño en la época de Navidad, ¿no le parece? No hay que insistir ni persuadir a los niños para que se emocionen por la Navidad; en realidad, si hay que hacer algo, es tratar de frenarlos un poco. Pero cuando uno llega a ser adulto, año a año se le va haciendo más difícil emocionarse por algo, ¿no es así? Cada año nos volvemos un poco más desconfiados, un poco más apáticos. Y me atrevo a decir que a veces hasta el mensaje de la Navidad no nos parece tan tierno y conmovedor como solía ser.

No permitamos que Satanás, el mayor de los aguafiestas, nos robe la alegría. Les voy a decir lo que hay que hacer: este año escuchemos la historia de la Navidad como si fuéramos niños pequeños que la escuchan por primera vez. Dejemos que la grandeza, la belleza y el amor de esa santa noche nos hagan erizar la piel de nuevo: “No temáis, porque yo os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor” (Lucas 2:10,11).

A los niños les encanta la Navidad porque piensan que van a recibir algo que les gusta. A los niños les encanta la Navidad porque se sienten importantes y les encanta que los mimen los adultos que los aman. Piense por un momento en lo que Jesús vino a darle a usted: el perdón de sus pecados, el amor para desterrar el odio, el supremo honor de ser llamado hijo de Dios y la inmortalidad para levantarse de su tumba y salir de ella.

Todo eso estaba envuelto en sus humildes pañales. ¡Maravilloso!

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